Jun 08
El no tiempo no para...

El tiempo no para...

Son las  8:00 A.M. una vez más, ya es hora, tienes que levantarte;

- ¿por qué no me escuchas? -

Ayer a la noche no me trataste así, me tomaste entre tus manos y, con tus dedos, jugaste conmigo, mientras yo, servicial y feliz lo disfruté.

Fue lo que pediste, a las 8:00  A.M. debía despertarte; en fin, es mi función, porque la casa me mira muchas veces en el día, pero solo a la noche dedicas tiempo, ese tiempo que yo te muestro, para que puedas programarme y digas a que hora quieres que te llame, luego me golpeas para que me vuelva a hacer silencio, y escuchas mis agujas, hasta besarla en sus labios y dices – Hasta luego -

Alejandro Barrios

Tagged with:
May 14
"Que esta noche no me acuesto, que vengo de borrachera" Rumba flamenca.

"Que esta noche no me acuesto, que vengo de borrachera" Rumba flamenca.

Era un día más. En realidad ya era de noche, por tanto era una noche más. 18 de Julio y Paraguay, nada extraño. Delincuentes por todos lados, el carro de chorizos lleno de gente con sus jugos gástricos, dispuestos a desintegrar la ingesta, el sabor tan ansiado, atraídos por la mezcla de aromas entre grasas, carne y aceite quemado. El Domingo era frío, difícil de resistir en las esquinas. Salimos del teatro, los 4 caminamos juntos algunas cuadras.
Apenas eran las 22 hs. Luego de la función pasamos por “La Pasiva” a tomar unas cervezas y comer sabrosas muzzarellas que rápidamente se enfriaron porque alguien prefería sentarse afuera, “para poder fumar”, se excusó.

En este momento estábamos en el punto de inflexión, 18 y Paraguay. Facundo iría con rumbo Norte, hacia el Palacio Legislativo, Andrea y yo en rumbo Sur, hacia la rambla y Diego caminaría hacia el punto cardinal del medio entre el Norte y el Sur…
Terminábamos de comentar algunos sucesos cuando a distancia vi a un pichi que se acercaba con su mejor cara de loquito. Traté de disimular mis pensamientos en ese momento, porque comenzaba a sentir violencia hacia aquel sujeto que solo se limitaba a caminar directamente hacia nosotros. Para ese entonces, solo quedábamos Andrea, Facundo y yo.

El sujeto en cuestión caminaba en zig zag y traía puestas ropas andrajosas dignas del peor mendigo. Moreno, rostro sucio y alcohol corriendo por sus venas en cantidades industriales.
Mientras charlábamos, el ebrio se aproximó; yo había puesto mi cuerpo de  perfil hacia él para poder verlo sin que lo notara, al acercarse a menos de 2 metros volteé mi cuerpo y lo miré a lo que reaccionó diciendo:

- Tieneee librdeetaa pada caminar? – Preguntó arrastrando la lengua.
- Lo quééé??  - Respondí con violencia en el tono de voz.
- Quééé sshhiiiii tieeeeenneeee lliiiibbbdddeeettaaa paaadaa caminar? – Insistió el sujeto, mientras el alcohol penetraba por mis fosas nasales.
- Peeerooo, vos me estás jodiendo?? – Respondí con mi mejor cara de enfermo mental, delirante y asesino.

El olor a chorizos parecía aumentar a medida que el individuo se ponía más pesado, esto generaba en mi rostro una imagen cada vez más criminal, para ese momento ya estaba de espaldas a Facundo y Andrea preparando una destructiva agresión contra el inspector de tránsito frustrado.
El señor ebrio que solicitaba libreta de conducir para peatones comenzó un monologo imperdible que aquí transcribo:
- Lossshh tiipoossh que camiinaaaan pod la calle, tienen que teneeed libdeta, porque después la gente los mata, viene un autdo, le paza por arribaaa y naaadieeee saaaaaaaabeee quien essh por no tenerrd libdeta, así no puedee ser…pero si vos no teneees, cuidate, te van a paaaasarr pod adribbaa.

Se alejaba lentamente, tomándose de las paredes de los comercios mientras nosotros nos mirábamos, perplejos. Mis nervios estaban alerta, pero el riesgo había pasado. Desde el carro de chorizos nos miraban y comentaban la situación. Algo estaba fuera de lo normal, pero nunca supe si eramos nosotros o una vez más, el borracho tenía razón.

Alejandro Barrios

Tagged with:
Abr 11

(...) Está la tierra mojada por las gotas del rocío, y la alameda dorada, hacia la curva del río(...)  Extraído de Amanecer de otoño de Antonio Machado.

"(...) Está la tierra mojada por las gotas del rocío, y la alameda dorada, hacia la curva del río(...)" Extraído de "Amanecer de otoño" de Antonio Machado.

Llega el otoño y el cambio es radical, la gente palidece, los cuerpos se ponen tensos y los colores se opacan.
En los hombres el pelo pasa a un estado de desprolijidad constante y aparecen la barba y el bigote que durante casi 4 meses no estaban a la vista.
Las mujeres toman sus tapados, largos y de colores clásicos, el rojo, gris, y negro son los reyes de la temporada.
Los cuerpos desaparecen y todo se va convirtiendo lentamente en una masa de lana, algodón y nylon.
Los rostros en la calle siempre piensan en otra cosa, anhelando el calor del hogar, un café en el bar o simplemente la tibia manta de la cama.
Los pensamientos invaden y dominan a cada uno de los gestos.

Los abrigos cubren a las personas y ellas se esconden de si mismas.

Alejandro Barrios

Tagged with:
Feb 23

La taza de cafe

Caminamos por el resto de la galería mirando las vidrieras de las distintas tiendas en dirección a la calle Guayabo, salimos por esa puerta y saludó a una chica que estaba sentada en el bar. – Ella es Analía – comentó. A lo que solo respondí – Sí? – Sabiendo que alguna vez la había mencionado en alguna historia sobre el trabajo pero que no estaba presente en mi memoria para ese entonces.

Cruzamos la calle y nos acercamos hacia Gaboto, una vez allí caminamos hacia Rodó y vimos un kiosco abierto, entramos y tomé 2 refrescos “Cola”. Le pregunté a Andrea si quería algo más y dijo que no, yo tampoco quería otra cosa, solo tenerla cerca. Fuimos rumbo a 18 de Julio y acordamos que si volvía caminando iba a demorar lo mismo que si hubiera hecho la cola del tercer piso y me fuera en ómnibus, por tanto, iniciamos el viaje mientras charlábamos sobre nuestras actividades diarias y lo bien que pasábamos juntos; desde la cafetería del gaucho el fuerte aroma a café me desequilibraba una vez más. Le pedí por favor que camináramos más rápido para no tener complicaciones en el trabajo, ya se acercaba la hora de hacer los bancos, el celular comenzó a sonar y no se detuvo hasta que llegué a la oficina, obviamente porque no estaba dispuesto a atender mientras disfrutaba de su compañía. Luego de compartir el viaje hasta la calle Paraguay nos despedimos, prometiéndonos volver a repetir el camino, y yo salí a toda velocidad por 18 de Julio; ya en Río Branco subí e hice entrega de los dichosos certificados que me habían permitido todo ese camino de felicidad. Entre gritos, sonidos de la fotocopiadora y llamadas telefónicas, que no se detenían ni un instante, fui al baño. Desde allí escuchaba como le explicaban a mi compañera todos los depósitos que yo debía hacer en los distintos bancos. Al salir, fui a la cocina a buscar un poco de agua y la taza se encontraba allí, aún intacta, con cierta expectativa, controlando cada uno de mis movimientos y preguntándose cuanto más iba a demorar.

La urgencia llamó una vez más y gracias a ella salí con una sensación extraña en el pecho, sabía que tenía 50 minutos para hacer los depósitos en 4 bancos, algo no andaba bien.

En tres de esos bancos no tendría mayores problemas, ya que los depósitos se realizaban en cajeros automáticos, era cuestión de minutos entrar al banco, esperar en la fila, tomar el sobre, guardar “los valores” junto con el ticket del depósito en el sobre, y luego partir rápidamente hacia otro banco. Los tres primeros fueron cuestión de 35 minutos.

Al entrar al BROU de 18 de Julio esquina Julio Herrera y Obes, la fila para depositar en las cajas recorría todo el largo del edificio, en total eran unos 35 mts aproximadamente. Fui al final de la fila y me sumé a la larga espera, puse mi MP3 y empecé a escuchar música, no pasaron 2 minutos y el tic tac del reloj del Banco no paraba de sonar en mi mente, cada vez el sonido era más fuerte y golpeaba mis tímpanos desviando todos mis pensamientos. Busqué en mi bolso y encontré un libro de Paul Auster, “Trilogía de Nueva York”. Comencé a leer y los murmullos entre la gente eran insoportables, “No puede ser que demoren tanto”, “Para esto les pagan”, “Mirá, ahora que se llenó de gente se van a juntar en el fondo. Qué tienen Asamblea hoy?”. El reloj dio las 17:00 casi enseguida, lo que me dejó fuera de la oficina, la taza de café sufre con el último sonido de la cerradura cerrándose.

El portero del BROU avanza moviendo sus ojos para asegurarse de que nadie llegue al banco tratando de  entrar en el minuto final. El cajero de “La 1″ le grita – Cerrá de una vez por todas! –  Mi mente viaja y cruza la avenida 18 de Julio, sube los 3 pisos en la esquina de Río Branco sube por los aires e irrumpe por la ventana principal, entra a la cocina y la veo, tenue, apagada, con las luces bajas, el café aún dentro de ella, el azúcar también. Cuando noto que mi mente está contemplando la taza y mi cuerpo está frente al cajero congelado, le entrego el dinero y le digo cuanto es el total del depósito, número de cuenta y sucursal, le agradezco la atención y resignado ya, camino hacia la facultad ya que no tengo la llave de la oficina y no podré volver hasta el día siguiente. Sin dinero y con más frío del previsto soporté todo el horario de la facultad. En casa comí una vieja tortilla de papas que habia quedado del día anterior y solo tenía agua para tomar.

Finalmente, al llegar a las 09:25 A.M. a la oficina, en la mañana siguiente, pasé casi sin saludar directo a la cocina, calenté el agua en la caldera y la vertí dentro de la taza que aún conservaba el viejo café y su correspondiente azúcar.

Tomé el café sintiéndome muy felíz por haber logrado saciar ese deseo, mirando por la ventana a la gente pasar con bermudas y musculosas, comienzo a sudar a causa del café fuerte y caliente, afuera hay 25 grados y el sabor del café me volvió a la vida.

FIN

Alejandro Barrios

Tagged with:
Feb 18

Taza de café

En el momento en que lo decidí tenía frío, ordenaba papeles en un viejo escritorio de la oficina en donde trabajo y esperé el momento justo para atacar, cuando mi instinto me lo sugirió tomé la señal (no sin antes vacilar, como siempre sucede ante cosas instintivas)

Rápidamente llegué a la cocina, tomé la taza de vidrio color azul, bastante extraña en su forma, parecía una especie de taza de café como las que sirven en los bares, solo que en esta se podía servir un café de 300 ml.

Imaginen el tamaño que tenía.

Abrí un sobre de café y lo vertí dentro, luego el azúcar comenzaba a mirarme, podía sentir su deseo, estaba allí conmigo, a mi lado, esperando por mí, solo tenía que actuar para que ambos lográramos satisfacer nuestros deseos; como la mayoría de las veces puse lo que consideraba necesario (que ya era suficiente), y un poco más “por las dudas”.

El agua estaba en la caldera y solo serían necesarios 5 minutos, 5 minutos más y lo saborearía, descubriendo una vez más el mágico sabor de un café en otoño, mirando por la ventana como los abrigos cubren a las personas.

La taza esperaba por mí. En ese momento de contemplación y reflexión escuché el molesto grito invadiendo la oficina por completo, sonaba como si unos parlantes ocultos se ubicaran por distintos lugares del inmueble. La Directora del estudio gritaba incansable – ¡¡¡¡¡ALEEeEeee!!!! – de forma muy atrevida. Imaginé que una vez más, y como siempre sucede, quería saber cómo se utiliza el micrófono en el msn o cuál es la mejor forma para que los hackers que “a ella le quieren robar información” no descubran que su único propósito en la tierra es vender unos inútiles bonos del tesoro brasileños.

El segundo grito no se hizo esperar, – ¡¡¡Aleee!!! – mi furia estalló, recorrí rápidamente los pocos metros que separaban la cocina del escritorio con una velocidad tal, que parecía que me había quemado con el agua que tanto deseaba para lograr la fusión con el café.

Al entrar descubrí que todos mis demonios eran reales, un problema con la computadora. Otra vez.

-Por qué me dice esto? – preguntó con tono molesto y mirada desorbitada como si de una advertencia de la NASA sobre el fin de los días a causa de un impacto con un gran meteorito se tratara.

-No sé – respondí.

-Te podés fijar? – Insistió con un gran sufrimiento en su voz que comenzaba a generarme placer.

-Dejame ver, hace click ahí. Sí, donde dice actualizar Antivirus. -

-Nada más?

-Solo te queda esperar a que termine. No era tan difícil. No? – Respondí

-Tá! Andá a seguir con lo que estabas. Mirá que tenés unos cuantos lugares más para ir, te faltan los bancos, así que metele, dejate de estar dando vueltas – recomendó con tono venenoso.

- De nada – Respondí, pensando en el lugar por el que me pasaba las palabras de recomendación.

Solucionado el percance vuelvo sobre “mi” dilema original, la taza de café. Paciente, fiel, compañera, casi domesticada como en una secuencia de cine mudo, se sostiene sobre si misma apoyando su peso en la mesa de mármol, pretendiendo ser útil, pero con una sola acción posible, esperarme.

Siento sonar el interno, mi compañera levanta el tubo y solo responde, “ya va” mientras dirige una mirada hacia mí. Fue casi una orden directa, tengo que ir al Registro Notarial y conseguir cierta información, la cual a esta hora ya no dan, pero tengo los contactos necesarios para obtenerla y encima sin pagar un solo peso, algo que jamás me será reconocido. Soy consciente de que no puedo tomar mi café en el ómnibus, así que mientras camino rumbo a la puerta miro sobre mi hombro izquierdo para dejarle ese recuerdo reflejado en ella misma, mi cara llena de lástima, nostalgia y deseo.

Emprendo el viaje por el ascensor y llego hasta la planta baja, en el recorrido varios de los vecinos de siempre me saludan y notan que mi cara tiene una expresión un poco desencajada. Una señora de unos 75 años me interroga y le respondo que estoy bien, que no se preocupe y que es normal tomando en cuenta el lugar en el que trabajo. Ella asiente con la cabeza y dice que extraña esos tiempos.

Si los extraña debió estar enamorada del jefe – pienso, ya que sería imposible extrañar a la oficina en la cual trabajo.

Espero el ómnibus y pago los $9 del boleto céntrico, camino hasta el fondo y me siento solo, contra la ventanilla, mirando hacia 18 de Julio y temblando lentamente a causa del frío que estoy sintiendo, ya que olvidé, en medio de la gran obsesión por mi café, el saco. Para aprovechar el tiempo del viaje comienzo a escribir un relato llamado “Consejos para ser un Dios”, pero la historia se centra en cosas que no pretendo escribir aquí; no puedo evitar esa taza de café en mi mente, ella esta ahí, gira y se hace presente. En el recorrido (desde 18 y Río Branco hasta 18 y Gaboto) paso por 2 sucursales de “Café Central” y son como puñaladas por todo el cuerpo, el mismo al que mi camisa es incapaz de abrigar e imagino el café recorriendo mi mundo interior, llevando sus casi 70º C  por todo mi cuerpo, duplicando mi sensación de bienestar y dándole otra vez cierto color rosado a mis mejillas.

Entrando en el edificio de la Dirección General de Registros puedo ver en las miradas de las personas la curiosidad y la sorpresa intentando descubrir el secreto del muchacho de camisa en medio de este gran frío. El secreto es único y mío, el secreto es la taza de café esperando, tan presente en mi mente que siento su sabor en mis labios.

Subo por el ascensor y nadie más está conmigo, es extraño, seguramente llego tarde. Al abrirse la puerta en el piso número 3 veo la fila a lo largo de las escaleras, más de setenta personas están allí, algunos saludan, otros evitan mi mirada. Bajo dos pisos por la escalera y llego al primero, me dispongo a hacer la fila y tomo un libro del bolso, “De que hablamos cuando hablamos de amor” de Raymond Carver. Comienzo a leer para superar el tedio de los dos pisos de fila. La veo pasar y el libro desaparece por completo de mi mente, morocha, delgada, muy alta para ser mujer, cabello lacio y mirada seductora, se acerca mirándome directo a los ojos y me saluda

- Hola! – dijo mirando mis labios

- Hola! Cómo estás? – Pregunté tratando de mantener la línea de razonamiento intacta

- Bien! Precisás algo de acá? Voy para el tercero – Susurró en mi oído

- Tengo que retirar esto – dije mientras le mostraba el boleto del certificado

- Esperame en el subsuelo que te lo alcanzo – dijo mientras me dedicaba su sonrisa más sensual y conquistadora.

Evidentemente estaba rendido a los pies de esa mujer y ella era consciente de lo que generaba en mí; bajé los pisos restantes hasta el subsuelo y esperé mirando las ofertas en las tiendas de ropa. Nada que me convenciera, nada que lograra sacarla de mi mente.

Pocos minutos después, ella bajaba por la escalera mecánica con los papeles en la mano izquierda y el celular en la mano derecha. Al acercarse dijo – Son estos, está todo bien, ningún embargo ni nada -

- Gracias Andy, ahora tengo tiempo de sobra, imaginate todo lo que me ahorraste por no hacer esa fila – reflexioné en voz alta.

- Querés que tomemos algo mientras? – sugirió

-No tenés que trabajar? – pregunté

- Ya está, ya terminé –  respondió ella

- Uff, entonces lo menos que puedo hacer es invitarte una Coca. Vamos?

- Dale!

Continuará…

Alejandro Barrios

Tagged with:
Feb 02

Foto de Mario Levrero

Foto de Mario Levrero

La hormiga comenzó a treparse por mi pie izquierdo. Se trepó a un costado, y en vez de atravesar mi zapato, comenzó a caminar por todo su alrededor. Me quedé quieto. En ningún momento pasó por mi cabeza la idea de aplastarla, era una hormiga de esas que llaman trabajadoras, y quizás por eso me daba lástima matarla.

Cada vez que camino por algún sendero, o la vereda, voy esquivando las filas de hormigas que se atraviesan en mi camino, formando zigzagues, llevando pedacitos pequeños de pasto. Siempre intento esquivarlas. Hago todo lo posible por esquivarlas.

La hormiga de ahora, se bajó de mi pie y hizo lo mismo con el otro pie, lo circundó, y después bajó. Miré la dirección que llevaba, pero se perdió de mi vista, fue a esconderse a algún lugar de debajo de la cama.

No entendía cómo una hormiga caminaba por mi cuarto como si nada. Debían haber algunas migajas en el piso, pensé, y la hormiga, se vio fuertemente atraída por la sacarosa, y bueno, que más remedio. La hormiga, en definitiva no estaba a la vista, y no hice nada por intentar buscarla, me daba pereza.

Estaba sentado a los pies de la cama y por mi proximidad a la almohada, no era de extrañar que terminara recostándome definitivamente, me sentía cansado.

Bajo la vista en dirección a mis pies, y una larga fila de hormigas empezaron a atravesar mis zapatos. La larga fila venía desde la puerta que está a mi izquierda y que da a un pequeño recorte de la casa, que sirve de filtro entre los cuartos, el baño, y la puerta del hall; las puertas se superponen de manera que quedan enfrentadas formando un cuadrado. Así, que podían haber venido de cualquiera de los cuartos.

Las hormigas circundan alrededor de mis zapatos y se dirigen bajo la cama. No sé qué me molestaba más, si que tantas hormigas hicieran exactamente el mismo recorrido como lo había hecho la primer hormiga (y por ello, la única hormiga que se ganaba mi respeto), o que tantas hormigas estuvieran en mi cuarto.

Pasó por mi cabeza la posibilidad de pararme y empezar a pisotearlas a todas, dejando un marco, espantoso y para nada alentador, de un montón de cuerpecitos negros, mutilados a los pies de la cama. Pero enseguida recordé un documental sobre hormigas, que había visto en la televisión, y que decía que las hormigas no pueden ver, son ciegas, y se desplazan a través de su olfato; van dejando pequeñas gotitas (invisibles para nuestros ojos) en el camino, y con eso, le van marcando el camino a las otras hormigas. El relato narrado en el documental me llenó de ternura. Me era imposible hacerme a la idea de poder matar a esos pobres animalitos, que además eran ciegos. “Son ciegos”, repetí en voz alta. Me llenaba de ternura ver la imagen que se llevaba a cabo a mi costado: las hormigas transportaban pequeños objetos sobre sus lomos; se representaba en mi cabeza la idea de que los egipcios habían hecho un trabajo parecido, cargando inmensas piedras sobre sus espaldas, como lo hacen ahora las siete u ocho que caminan rumbo a la cama, cargando con un cepillo de dientes. “¡Cómo…!”, me sorprendí; “¡¿… de dónde, por qué?!”, grité. No le encontraba explicación. ¿Cómo esas hormigas, podían cargar con mi cepillo de dientes? Lentamente fueron desapareciendo bajo la cama, y con ellas, mi cepillo de dientes. Me paré a un costado de la cama, y miraba indignado cómo hacían su trabajo. Al rato, casi enseguida, apareció otra fila de hormigas, cargando con el tapón de la pasta de dientes. “No esto no puede ser”, dije, con más indignación que mal humor. “Estas hormigas vienen del baño, y yo no puedo quedarme de brazos cruzados”, dije en voz alta, mirándolas, pero ninguna me miró ni detuvo su marcha, ni siquiera creo que me hayan escuchado. Fui rápido hacia el baño. Esquivé con dificultad otra fila de hormigas que cargaban con el tubo de la pasta de dientes (sin la tapita). El tubo estaba casi nuevo, lo había comprado ayer, eso me disgustó bastante. Atravesé el pequeño espacio que comunica a los cuartos, y que también da al hall, y vi como por el filo de la puerta entreabierta del baño, cargaban con un rollo de papel higiénico. Ya mi estado de impaciencia parecía explotar, me iban a dejar sin nada. Abrí la puerta con furia, y vi que salían del interior del inodoro. “No puede ser. Hormigas que salgan de abajo del agua, no puede ser”, repetí indignado. Miro con atención cómo parecen dar círculos en el orificio del inodoro. Flotan, me pareció ver a alguna chapotear con las patitas, pero no estoy tan seguro. Cuando se cansaban de jugar en el agua, salían del inodoro. Trepaban sin dificultad, y finalmente, después de caminar alrededor de la tapa del inodoro, bajaban y rumbeaban hacia mi cuarto.

Pensé en tirar de la cisterna, pero quizás eso generara un desajuste en el desagüe, que de seguro estaría atestado de hormigas. Lo mejor era llamar a un sanitario. Volví al cuarto. Esquivé las largas filas de hormigas que se movían en zigzagues. Intenté mover la cama para ver si debajo había un hormiguero, pero mi cama estaba muy pesada. Era extraño. Por lo general, casi diariamente, aparto la cama de la pared, para poder barrer bien y nunca tuve problemas. Ahora, me era imposible hacer cualquier desplazamiento. Me puse en cuclillas y intenté mirar bajo la cama, pero estaba todo muy obscuro, sólo veía reflejos extraños, tenía la misma sensación que me da cada vez que miro fijo al sol, quedo como encandilado, pero en este caso era todo lo contrario, quedaba encandilado por la obscuridad. Eso sí que era raro.

Decidí que lo mejor era echarme en el piso e intentar ver qué era lo que hacían las hormigas ahí abajo. Me tiré en el piso de madera, me puse de costado, estaba muy incómodo. Intenté poner la cabeza bajo la cama, pero no entraba, y, además, no lograba ver nada, sólo escuchaba el rumor de algo parecido a un enjambre de abejas. Era el mismo ruido, ese tipo de ronroneo que hacen cuando están alrededor del panal. Recordé que en la cocina tenía una linterna. Lo mejor era ir hacia allí y traerla. Me paré, levanté las piernas, y esquivé la fila de hormigas que parecían engrosarse, más, y más, y más. Al atravesar el hall, descubrí otra fila de hormigas que salían del baño, estas cargaban con pedacitos de papel higiénico, y se perdían por debajo de la puerta de calle. Hago lo imposible por no pisarlas. Son muchas, siento y tengo la certeza que la situación se me está yendo de las manos. Voy a necesitar ayuda, pensé, y caminé rumbo a la cocina, en busca de la linterna.

final de la primera entrega

Eduardo Aguirre

Tagged with:
Ene 18
Niño, deja ya de joder con la pelota... J. M. Serrat

"Niño, deja ya de joder con la pelota..." J. M. Serrat

Todas las noches llega antes del comienzo del partido con sus padres, abuelos o hermanos. A él no le importa quién lo lleve, solo estar allí.

Joaquín es un niño de 7 u 8 años, normal, feliz, con ojos de soñador y expresión pensante. Cada vez que hay partido, él necesita estar al lado de la cancha, observar, escuchar la charla técnica, aprender e incluso dar alguna recomendación a los jugadores del plantel. Entra a la cancha cada vez que un director técnico pide 1 minuto de tiempo para organizar su estrategia. Joaquin tiene su pelota y tira sin parar, elude a los otros niños, muestra lo que sabe hacer y está atento a cada rebote, para tomarlo, correr, volver a eludir a sus rivales de turno y tirar una vez más. Sus lanzamientos son desde atrás de la linea de triple y siempre entran o al menos pegan en el aro, todos lo observan y comentan sobre su juego, él no lo sabe, pero por suerte, tampoco le interesa.

Solo desea estar en la cancha, “la de los grandes” le escuché decir una vez, pisar la misma madera y convertir en el aro en el que sus ídolos lo hacen, sentarse detrás de ellos y saludarlos con un “choque los cinco” cuando los jueces llaman a los jugadores para reanudar el juego.

Joaquín tiene una relación especial con los árbitros del basquet nacional. En una ocasión, corrió hacia uno de ellos, invadió la cancha y cuando el referee lo observaba con ojos de asombro y el cuerpo paralizado ante semejante situación, nuestro héroe no dudo un instante y llevó a cabo el acto que todo ser humano anheló en algún momento de su vida, patear en los tobillos al maldito que tanto había perjudicado a su equipo. El referee no pudo más que sonreír y bajar la mirada para disimular la verguenza, mientras el pequeño niño volvía corriendo al lado de su famila y la cancha llena de espectadores, tanto a favor, como en contra de la medida disciplinaria adoptada por el joven fanático del deporte, explotó en risas para olvidar cualquier otro problema anterior.

Para Joaquín su equipo jamás jugó mal, si pierde Cordón, la culpa es de los jueces.

Alejandro Barrios

Tagged with:
Ene 02

Camioneta de flete
Camioneta de flete

04:00 A.M. Acaba de sonar el celular…el puto celular capaz de despertarme todas las mañanas, también las noches. A veces me pregunto: ¿para qué uso el celular? La respuesta es sencilla, para que me despierte, pero nunca a las 4 de la mañana.

8:40 A.M.  El celular de mierda no sonó. Ahora llego tarde al trabajo por culpa de este aparato de porquería, ¿por qué no se seguirán usando los despertadores viejos que no fallaban nunca? Solo se les terminaba la cuerda y no sonaban, o adelantaban y te llamaban a las 4 de la mañana. No sé.

Después de putear al gato que no dejaba de ronronear entre mis piernas mientras corría apurado desde la puerta del dormitorio, pasando por la cocina y tirándome contra el placard que tengo en el living (ya que en mi cuarto no entra nada más que mi cama), logré vestirme y bajar las escaleras, la limpiadora estaba pasando el trapo de piso húmedo y casi me caigo al suelo de cabeza ni bien puse un pie fuera de mi apartamento.

Algo me decía que esto no terminaría muy bien.

Logré controlar mi cuerpo para no caer al suelo, me invadió un odio tan grande por la limpiadora que simplemente hacía su trabajo y sentí más ganas de putearla que a mi gato.

Le dije “buenos días” con la cara de calentura más sincera que se podía tener a esa altura de la jornada ¿Qué altura de la jornada era?  Las 9:10 A.M. Se había hecho evidente para mí que no llegaría en hora a trabajar, pero no por eso debía llegar más tarde de lo que correspondía a un pequeño retraso.

Doblé la esquina y sentí que era otra persona, estaba más tranquilo, podía respirar y sentir el cálido humo de porquería que lanzaban todos los ómnibus interdepartamentales. Claro, había tomado la calle Paysandú y solo allí pasan todos los ómnibus, viejos, nuevos, sanos y destrozados. Todos en la calle que me llevaba hasta mi trabajo. Al caminar pude sentir una breve brisa, fresca, similar a las que uno disfruta en la infancia cuando sale de paseo con los abuelos. En ese instante breve, eterno para el alma, tan noble para el corazón me putearon de arriba abajo, no me dí cuenta que la brisa me encontró en la mitad de la calle, frente a una camioneta que venía con un flete llena de muebles y un colchón sobre el techo atado de mala manera que estaba por caer sobre mí, a causa de la frenada repentina si no me corría rápido. El chofer, con pinta de repostero, de unos 50 y tantos años, con una desprolijidad digna de ser fotografiada para evaluar si es cierto o no que alguien pueda caer en semejante estado de abandono, me dijo desde que era “un pelotudo” hasta cosas que me avergonzaría de escribir. Simplemente me limité a mandarlo al carajo. Nadie se ofendería por tan poco. Retomando el camino, retomando la brisa, retomando la calma.

Descubro un árbol con un letrero casero que dice “Prof. de Literatura.  506 79 11” – debería consultar – pienso. Siento la necesidad de volver a estudiar mientras camino hacia mi trabajo. Repentinamente comprendí el misterio. Soy un infeliz.

El camino a mi trabajo no era largo pero parecía ser una jornada destinada a encontrar nuevas cosas, mientras “la vida”, me impedía llegar a cumplir con mis obligaciones. Trabajar, estudiar, pagar deudas o en el peor de los casos endeudarme, hoy en día esta es “una obligación”.

Con estos pensamientos en mi mente me acerqué a la parte más densa del recorrido…desde Paysandú y Libertador hasta Colonia y Libertador. Esto es así ya que es una especie de repecho interminable. Comenzó a llover, el viento soplaba y el ascenso del monte Libertador era cada vez más duro, los estudiantes se cubrían con sus mochilas y las señoras con las bolsas. Su preocupación: el pelo.

Yo trataba de apurarme y el olor a humedad iba en aumento. Un ómnibus paso rápidamente y me mojó hasta las rodillas, lo observé mientras se alejaba.

Al llegar a Colonia y Río Branco comencé el último ascenso hacia 18 de Julio, no debía llegar hasta allí, la oficina queda un poco antes. Pero mi viaje se vio interrumpido frente a una inesperada presencia. La lluvia, el cansancio, la hora, la infelicidad, el ómnibus que me había mojado, todo eso dejó de importar.

La camioneta del fletero estaba parada en la puerta de mi trabajo.

Volví caminando a casa, sonriente, con ganas de mojarme más. Llamé y expliqué que había pasado por muchas dificultades. Me tomé el día para pensar y replantearme lo que viví. Después de eso, empecé a escribir.

Alejandro Barrios

Tagged with:
Dic 26

La familia llegó temprano. Se veían como pocas veces antes, unidos, sonrientes, sin conflictos. Todo parecía anormal.

El aroma que llegaba de la cocina era un placer, podía distinguir claramente el pollo en el horno y las ensaladas comenzaban a aparecer por la mesa.
De repente algo cambió el perfecto ambiente que como pocas veces vivía. Las explosiones me aturdieron, rapidamente me escondí bajo la mesa, y la perra me observaba invitándome a protegerla, le dí un abrazo y sentí que el lugar se venía abajo. Los gritos eran ensordecedores, todos se movían a gran velocidad, gritaban mi nombre pero estaba tan aterrado que ni siquiera podía moverme.
Desde abajo de la mesa lograba ver el reflejo en unos vidrios y en ellos las explosiones de la calle, el olor a pollo había desaparecido y la polvora ganaba todos los ambientes.
Sentí temor, pánico, horror y deseos de morir. Decidí que no era un buen lugar para permanecer y preferí huir, la perra me observaba con ojos aún más temerosos y aullaba mientras me veía salir corriendo.
En el camino fui tomado por las axilas y llevado al aire como si realmente no pesara nada, el menor de mis tios reía mientras me llevaba, y yo temblaba en sus brazos.
La puerta estaba abierta y daba a un gran y oscuro corredor, veía sombras que se movían, todas  en dirección a la calle, nosotros las seguimos.
No podía parar de temblar, sentía frío y las voces de todos eran cada vez más lentas y graves, bajamos las escaleras y nos encontramos con la puerta de calle, algunos vecinos estaban allí, entre gritos y abrazos comenzaba a confundir a mis familiares con mis vecinos.
Una explosión cerca nuestro causó un gran desequilibrio y mi tío me dejó en el suelo, mis ojos estaban llenos de lágrimas y quería huir, la guerra nos rodeaba, gritos, llantos, explosiones. Era el fin del mundo como lo conocía.
En ese momento se acercó Alberto, el vecino del primer piso. -Feliz Navidad!! – Dijo. Mientras mi tío traía una bengala encendida para mí, comencé a llorar.

Alejandro Barrios

Tagged with:
Nov 27

Subimos a la altura de Mercedes y Amorín. Éramos 3, Andrea, Miguel y yo. El viaje era similar al de cualquier Domingo a esa hora con ese rumbo. El ómnibus era de C.O.E.T.C. y hacía calor, íbamos de pie, charlando, con muchas ganas de llegar y bajarnos. El coche estaba lleno de hinchas del Club Atlético Peñarol y su destino era “El Estadio Centenario”. El rival de turno era el “Club Sportivo Cerrito”.

Los fanáticos tienen por costumbre “tomar” y “atrincherarse” en el fondo del ómnibus que los traslada, esta situación milagrosamente mantiene a las viejas alejadas de la puerta trasera.

Lo extraño de esta historia no fue que un plancha trató de balearnos o tomó el control del volante y arremetió contra la sede tricolor, tampoco que se pusieron a fumar “pasta base” en el bondi…lamento pero los señores de Canal 4 (para vos Vilar) no van  a tener suerte con esta historia, aunque pongan la música de fondo más tétrica que tengan en la discoteca.

Trascurrían pocos minutos desde que habíamos subido pagando cada uno su boleto común. De repente una voz femenina, junto con un olor nauseabundo se apoderaron del lugar. El olor tenía motivo de ser gracias a la presencia de un señor que a mi lado vestía campera celeste, casi marmolada por la mugre que la misma poseía. Sin embargo la voz provenía del “asiento del guarda”, que en esta feliz ocasión tiene a bien ser de una mujer. Expuesta, harta, malhumorada, jamás habría pensado que una empleada del servicio de transporte colectivo capitalino sería capaz de algo así. Alzó su voz contra todo el coche y no gritó ningún tipo de “sigan pasando” ni nada por el estilo. Simplemente dijo – ¿A VOS QUIÉN TE PAGA EL BOLETOOOoooo?

Silencio sepulcral de parte de todos los pasajeros que rápidamente la observaron con cara de “estás muuuyy mal”

Este silencio no le generó más que una furia tremenda, y con sus ojos tomando el tinte de la camisa de C.O.E.T.C. exclamó  - ¡¡Síí, A VOOOSS!! ¿QUIÉN TE PAGA EL BOLETO?

La sorpresa de todos era mayúscula y los barra brava de Peñarol se preguntaban entre ellos si todos habían mostrado el arma para que no los molestaran.

Una pequeña voz resonó desde el fondo.

-Yo pedí permiso para subir por atrás.- dijo el sujeto de minúscula potencia vocal.

-¿AAHHH SÍÍÍíí? ¿A QUIÉN LE PEDISTE PERMISOOO? Incisivamente consultó la guarda cada vez más ofuscada.

-¡¡Al chofer!! – Respondió el voluntario para la puteada más grande de la historia.

En ese instante la situación cambió. Todo el odio y la furia que manifestaba nuestra guarda de turno para con el usuario del transporte colectivo capitalino se volcó de un solo movimiento hacia nada más y nada menos que su compañero de trabajo.

- ¿Vos lo dejaste subir por atrás? – Interrogó con mayor agudeza que la vez anterior.

-Sí…yo lo dejé – Respondió el chofer con la voz de un niño que sabe que la embarró hasta el fondo.

- ¡¡PARÁ EL ÓMNIBUS!! – Dijo de forma que nos sorprendió a todos y respondimos mirando con nuestra mejor cara de “¿me estás jodiendo?”

- ¡¡GULP!! – fue la mayor reacción del chofer.

- ¡¡QUE LO PAAAREEEEESSSS!!

- FFFFIIIIII – (Onomatopeya de la flor de frenada que dio el chofer)

- ¡Tomá! – La señora guarda imprimió el boleto en la super moderna máquina y se lo alcanzó por la ventanilla al chofer que ya se encontraba abajo del ómnibus.

La gente comenzó a murmurar, la cara de la mujer era increíble. Su rostro estaba rojo, su color de pelo rubio (me hice la tinta hace 3 meses), y su boca torcida la convertían en una especie de Rocky Balboa Uruguayo pero en una versión bastante más plancha. Los comentarios eran del tipo “No podés”, “Daaaleeee Cooorrnuuuuudoooo”, “Tenemos que llegar al estadio” y el infaltable “hay gente que tiene que llegar a trabajar, daaaleee cheee”

De repente se escuchó – ¿No tenés cambio flaco? Paaa…bueno aguanta. – El chofer volvió hacia la ventanilla de adelante y le alcanzó un billete de $ 20.

- Tomá los $ 4 de vuelto. Apurate – Insistió la señora de la felicidad pronunciada en el rostro.

El chofer volvió corriendo hasta la puerta de atrás del coche y le dio en la mano el cambio al generador del conflicto. La hinchada aurinegra no lo soportó más y comenzó a aplaudirlo entre elogios e insultos.

El conductor una vez más se desplazó sobre si mismo a una velocidad patética, intentando “correr”.

Al subir al ómnibus volvió a recibir aplausos de más de la mitad de los pasajeros. Su rostro estaba sonrojado por la vergüenza, el de la guarda estaba rojo por la furia. De todos modos se había salido con la suya, logró cobrar el boleto sin moverse y humilló al chofer por faltar a las reglas.

Por algo pusieron mujeres a trabajar como guarda de ómnibus.

Alejandro Barrios

Tagged with:
Nov 25

A Susana Lisanti

Flotaba en el agua, su cuerpo estaba totalmente destruido por las piedras. La presión de las cataratas la había golpeado una y otra vez contra el fondo, rasgando sus prendas, su piel y su alma.

Ellos caminaban como todos los turistas, pero al ver esto ya no deseaban continuar. Una integrante del grupo no pudo evitar imaginarse en esa situación. Su compañero trataba de justificar lo que entendía era un suicidio.

La muerta seguía flotando y su cuerpo se golpeaba contra todo lo que se cruzaba frente a ella, el espectáculo era inmundo.

Rápidamente los guías explicaron que la muerta se había suicidado saltando desde lo más alto de la catarata. Nadie tenía por que creerles, pero la gente no se detuvo un solo momento para cuestionarlo, solo abrieron sus bocas, sus ojos y absorbieron la  información, como si de un noticiero se tratara.

Ella siguió el caso por internet luego de regresar a su país, finalmente descubrieron que “La Muerta” había sido asesinada por su esposo; él tenía una amante y no el coraje suficiente para dejar a su mujer, pero si lo tuvo para acabar con su vida.

En las profundidades de la catarata aún pueden encontrarse restos de su ropa, atrapados y destruidos.

Años más tarde, el asesino apareció en la misma catarata, flotando, y su amante en prisión. Nunca se supo si efectivamente ella decidió tomar la misma fórmula para deshacerse de él, pero hasta el día de hoy, en la catarata, se observa la sombra de una mujer, empujando hacia abajo a un hombre y mientras ríe a carcajadas, salta al fondo del agua.

Alejandro Barrios

Tagged with:
Nov 04
Los Reyes Vagos

Los Reyes Vagos


Cuando era pequeño me hicieron creer que la aventura de los reyes magos duraba solo un día. De grande comprendí que eso era mentira ya que no me daban los números ni siquiera tomando en cuenta los usos horarios. ¿Cómo hacían estos 3 fenómenos para estar en China y en América del Sur al mismo tiempo?

Solo me quedó descubrir la triste realidad.

China no cree en los Reyes.

Tiempo después, ya tenía unos siete años de edad. Me sucedió lo que tarde o temprano le sucede a todos los niños del mundo. Me desilusioné. Claro, yo había crecido con una imagen de los reyes, la de unos buenos tipos que llegaban y te dejaban unos regalos en los championes (nunca cedí a dejar los zapatos), y  lo único que  pedían a cambio por soportar el funesto olor a pata de esos championes que uno dejaba (siempre eran los más queridos, los mismos que te acompañaban todo el día y terminaban en cada partido de fútbol de la escuela, de la esquina con amigos y de repente en el pasillo del edificio en donde vivíamos),era un poco de pasto y agua (para los camellos), ojo!!! LOS CAMELLOS!!! Seguro que los señores no tomaban agua o se armaban vaya a saber qué con el pastito que uno cortaba amablemente pensando en los pobres animalitos cargados de bolsas de regalos, con espadas láser, muñecas, pelotas de todos los tipos de deportes, computadoras, bicicletas, BICICLEEEETAAASSS!!  ¿A quién alguna vez no le trajeron una bicicleta los reyes? Era el clásico regalo de ellos. Parecía que uno era tan nabo que pedía siempre la bicicleta. No importa…ya pasó.

La cuestión es que estos sujetos y ni hablar de los camellos que bajaban la cabeza a nivel del piso para tomar el agua y comer el pasto, seguían soportando año a año el olor a pata de cada par de championes de los pequeñitos. Recuerdo que un año decidí experimentar para saber cómo ellos evaluaban lo que era portarse bien. Suponía que una forma de saber si alguien cometía muchas travesuras era si tenía demasiado olor en los championes que dejaba. Entonces, a raíz de esto, el Rey Mago que correspondía (o en la clase alta los 3 Reyes), dejaba los regalos que se adaptaban a las necesidades del sujeto en cuestión: Yo.

Para esto conté con la complicidad de mi abuelo (un viejo absolutamente delirante) y durante la noche, luego de que todos se acostaran, él llegaría como todas las madrugadas (manejaba un taxi en esa época) y cambiaría los championes viejos y sudados por los nuevos que me había regalado “Papá Noel”.

A la mañana siguiente descubrí la triste realidad, aquello que no podía saber, lo más negro, nefasto y doloroso, el secreto más oscuro que mi familia pudo haber guardado durante años.

Todo porque los championes nunca fueron cambiados.

El viejo delirante, estaba desempleado.

Alejandro Barrios

Tagged with:
Oct 27

Bajo la lluvia, un hombre con un paraguas se acercó, era alto, de
cabello gris y mirada dura, seguro al caminar y de extraño acento.
-¿Puede acompañarme?, lo están esperándo- Recordé el compromiso de las
17 hs -Vamos- le dije.

La primera vez que vi a Maria nos encontrábamos en una plaza de la vieja ciudad, yo salía de un banco y ella estaba sentada escribiendo. Me senté junto a ella para fumar un cigarrillo, me pidió uno y luego fuego.

Descubrí en ella el encantó de una mujer al fumar. Escribía un poema llamado “¿Por qué tan bella?” Lo leí y me pareció horrendo, se lo comenté y le encantó que fuera tan sincero. Me invitó a tomar algo, -mi chofer puede llevarnos- dijo. A lo que debí negarme por estar trabajando.

-¿A que hora terminas?

-A las 17hs-

Me dio la espalda mientras se levantába sonriendo, volteó y al
mirarme dijo:

-Allí estaré.

Alejandro Barrios

Tagged with:
Oct 26
Pila de diarios

Pila de diarios

Bajo la lluvia un hombre con un paraguas se acercó, la vitrina del
viejo bar parecía tenerme en exposicion. “Danubio se mantiene como
unico puntero”, “El colisionador de hadrones fracasó”.

Ya no podía  concentrarme en mi lectura rutinaria del diario. Las dos mujeres
hablaban sin cesar, la de más edad solo hablaba de hombres mientras
que, la menor conservaba la mirada del primer amor.

El hombre  continuaba parado, húmedo y desprolijo. -¿Puedo pasar?-preguntó, y  asentí con mi cabeza. Dejo un papel en mi mesa y se fue rápidamente.
Lo abrí y al leerlo decía:

“Si encuentras a alguien capaz de sonreír  mientras lee el diario, felicítale”

Alejandro Barrios

Tagged with:
Oct 25

El hombre del paraguas

El hombre del paraguas

Bajo la lluvia un hombre con  paraguas se acercó,  recorrió con su mirada todo el lugar mientras respiraba casi olfateando mi presencia.

La noche oscura  llego hasta nosotros.

Sacó un arma desde la parte trasera de su cinturón y presionó el
gatillo causando un  efecto ensordecedor que dejo mi cuerpo tendido en
el suelo, las manos húmedas, la boca sangrando y el alma escapando
de sus limitaciones físicas.

Me despertó el sonido del teléfono. Me levanté a tientas -¿hola? – logré decir y una voz mecánica del otro lado interrogó – ¿Es usted Paul Auster? -¡váyase a la miérda, son las 3 de la mañana!- respondí, volviendo a la cama vi una gran mancha de  sangre en las sábanas y un pared pintada con ella que decía:

“Paul Auster, gracias por morir”

Alejandro Barrios

Tagged with:
Oct 08
La bicicleta de Superman

La bicicleta de Superman

Caminábamos por el balneario. Tomy  llevaba su bicicleta de Superman y

nosotros de la mano. No podía evitar sentirme en una de mis mejores

fantasías, solos los 3, bajando a la playa en un día gris, al final de

enero. Hablábamos sobre las casas, los terrenos y escuchábamos el

canto de los pájaros que empezaban a refugiarse al sentir el viento en

sus plumas. A pocas cuadras de la playa el aroma del mar era

excelente. Tomy habló, nos contaba de sus hazañas en el baby fútbol y

de cómo había convertido su único gol en el campeonato. Pudimos ver a

varias personas bañarse en la playa pero la lluvia nos alcanzó.

Volvimos trotando de la mano y Tomy en su “Superbicicleta”.

Su madre lo esperaba.

Nosotros nos besamos y seguimos soñando con que algún día ”esa” sería nuestra realidad.

Alejandro Barrios

Tagged with:
Sep 26
Página en blanco

Página en blanco

Algo no esta bien, se bloqueo, me dijo “basta” o tal vez “no por hoy”, encontró la forma perfecta de hacerme sentir mal, frustrarme, destruir cualquier posibilidad de realizar mi sueño.
En fin…¿quién no tiene un sueño mutilado? O tal vez otro guardado en una mesa de luz, aunque estos no sean tan importantes, ya que están solos. Los mejores sueños son aquellos que se reunen y conversan entre sí, hasta encontrar cosas en común entre ellos.

Hasta enamorarse.

Hasta que de ellos nazca
Un nuevo Sueño.

Alejandro Barrios

Tagged with:
Sep 09

Preparando el mate

Observo como lentamente comienza a evaporarse el agua por el pico de la caldera  ¿La caldera tiene un pico? ¿Está bien llamado? – me pregunto. – Intento controlar mi ansiedad y recuerdo que la yerba simplemente está en el mate, aún no empecé a hincharla. Tomo el mate y lo acerco al fino hilo de agua fría que comienza a salir de la canilla. Disfruto con tan sólo mirar como la yerba al mojarse cae lentamente y llena la parte inferior del mate, haciendo parecer que ya está lavado.

“La montañita” conserva su firmeza gracias a mi cuidado. Mientras el fino hilo de agua continúa llenando el mate luego de que la yerba lo absorbiera en su primer interacción, comienzo a moverle de izquierda a derecha y luego hacia atrás para que la humedad se distribuya de la forma más homogénea posible.

La caldera comienza a silbar y eso me hace recordar que simplemente deseo tener una caldera que no emita sonidos, no los soporto, las calderas son para calentar agua, no para evitar que las personas se olviden de ellas.

Finalmente todo se convirtió en silencio cuando mi mano derecha cerró la llave y apagó la hornalla. Tomé la caldera y me quemo,  – Maldita caldera chifladora! – pensé y recogí un repasador que estaba colgando de la puerta del horno. Ya con el trapo en la mano, vertí el líquido dentro del termo,  observando la fusión de oxígeno e hidrógeno en diferentes estados. Tras cerrar el termo las primeras gotas de agua caliente llegan a la yerba que comienza a emanar su aroma tan característico y amargo. Como el último paso de este ritual, tomo la bombilla y con el dedo pulgar en su “boca”, la hago penetrar esa mezcla de yerba y agua viendo como se desplazan los líquidos finalmente.

Acerco la bombilla a mi boca y comienzo a aspirar, llegan las primeras sensaciones. – Está asqueroso!! – pienso. Pero sé que es cuestión de paciencia, al cebar el tercer mate la temperatura estará acorde a mi deseo,  la yerba tendrá un sabor perfecto y mi lengua se habrá quemado.


Alejandro Barrios

Tagged with:
Sep 09

La muerte no lograba encontrarlo y el señor Macleod siempre la esperaba. Ya tenía más de 400 años y no sentía temor al enfrentar a todo aquel que lo desafiara. Había batallado en distintas guerras y para distintos bandos, según sus creencias, según su justicia. Siempre ganó, quizás no así su ejercito, pero él jamás fue derrotado. La muerte aún lo buscaba y él, esperaba en la puerta. Sabía ser inmortal gracias a un mito enterrado. Cuanto más tiempo pasará, más seguro vivía.

Hasta que arqueólogos e investigadores llegaron a su tumba.

Allí estaba el secreto.

La muerte seguía su búsqueda, recorría las montañas donde Macleod habitaba. Ambos sintieron miedo.

Los arqueólogos encontraron en la antigua tumba vestiduras de color negro al estilo celta, una OZ entre ellas y  dentro de las vestiduras, un esqueleto. La imagen generó terror y las leyendas tomaron el control del pueblo. Sin embargo, la ciencia continúo implacable. Tomaron los restos y los sometieron a estudios en donde encontraron distintos tipos de suelo y ADN.

El señor Macleod sentía que las cosas no iban bien y la muerte había desaparecido del mundo, repentinamente la gente había dejado de morir. Llegó el invierno y mientras Macleod tomaba whisky en la fría noche, próximo a la estufa a leña. Tomo su capa como abrigo y salió. Vio que alguien se acercaba pero no traía su farol. Con sus manos dentro de las vestiduras celtas el antiguo Macleod tomó la OZ y se lanzó contra el extraño que parecía flotar en el aire.

La muerte y él volvieron a ser uno, mientras los antiguos restos desaparecían de las mesas de estudio.

Alejandro Barrios

Tagged with:
Sep 09
Esta nona si que aguanta

Esta nona si que aguanta

Días atras viví la experiencia tremenda de la reunión familiar a raíz del cumpleaños de mi abuela.  Todos quienes pasaron por la situación de “la reunión familiar” y se autodenominan “loquitos” sabén (pero se lo contamos a los lectores que no se definen de la forma anteriormente dicha), que no es nada sencillo. El momento en el que uno llega tarde, ya sea porque estaba desarrollando una actividad (teatro, canto, deporte, danza, murga, reunión de amigos, y un infinito etc.), o porque simplemente prefirió inventar una situación así para padecer durante menos tiempo el “buen trato familiar”.

Reconozco que solía disfrutar en mi infancia este tipo de reuniones, hasta que próximo a los 11 años noté que las cosas cambiaban cuando alguién se retiraba del evento. Autómaticamente todos los seres que continuaban presentes daban “palo y palo” al recien emigrado. Me molestaba la situación pero se hacía muy difícil manifestarse y más aún ser tenido en cuenta a tan corta edad. Decidí, en ese entonces, que era mejor callar. Tiempo después imaginé que lo mismo pasaba conmigo, es decir, si me voy antes todos esos palos caen sobre mi lomo. Esta idea ha generado un cambio sustancial en los ritmos del cumpleaños de mi abuela. No logré que los palos desaparezcan pero, llego cerca del final y me voy cuando todos deciden dormirse, sé que los palos los recibí antes, pero al menos tengo la pequeña posibilidad de revertir lo malo y no quedarme con una cruz que generalmente no me pertenece.

Alejandro Barrios

Tagged with:
Ago 11

Aquí va el primer relato sobre las historias del “Capitán Pellejo”

Un día el capitán Pellejo se nos fue. Todos vamos a recordarlo como aquel que pagaba los asados, y lo que nunca podía faltar en ellos. La cerveza. Aunque no solo ésta se hacía presente en las comidas que pagaba Pellejo, digo pagaba ya que el organizador siempre fue “El Club”, y gracias a él también se podía disfrutar de grandes cantidades de vino. Al decir “vino” comenzamos a pensar en este relato, porque el que “no vino” ni el viernes, ni el lunes, ni el martes, fue el Capitán.

¿Que diría la tripulación del Perla Negra si Jack Sparrow no se encuentra entre sus hombres?

Seguramente no dirían nada y continuarían su viaje, pero acá, acá estamos entre hombres, no piratas.

Volviendo a lo importante de esta historia, lo último que se supo de Pellejo era que iba a meditar a algún lugar de Marindia. Circulan fotos en Internet que lo muestran tirado en una piscina con una picada flotante, pero todos sabemos que no se puede confiar en eso hoy en día ya que las situaciones que pueden crearse con el PhotoShop son exactamente iguales a la realidad.

Mi teoría personal: Pellejo se convirtió en algo más. Pellejo es una fuerza etérea que está presente entre nosotros aunque su cuerpo siga de joda.

Pellejo está y Pellejo es…La Fuerza.


Alejandro Barrios

Tagged with:
Ago 11

El capitán Pellejo no podía continuar así. Casi 2 meses habían pasado desde la última vez que supo algo de sus compañeros. Él solo había dicho que faltaría unos días, pero se le habían ido unos meses.

Muchos abandonaron la búsqueda argumentando que ya no había vida en Marindia dado que el Verano terminaba. Pero algunos, ¡esos mismos compañeros!, “algunos” continuaron la búsqueda desesperada, ya que nada les importo. Nada, excepto sus sueldos.

Para este entonces ya terminaba Marzo, las facturas se acumularon y hasta el día en que desconectaron la luz en la oficina todos continuaron trabajando. Y quien sabe que habría pasado si la policía no hubiese realizado el desalojo por la fuerza ya que Indiana no quería separarse tan brutalmente de su vieja PC.

Evidentemente la culpa era del joven administrativo, pero sin el Capitán, nadie tenía la capacidad de mover ese Timón. De todos modos, una vez más, fue objeto de golpes, críticas e insultos. ¡¡Pobrecito!!

Aún con las llamadas llorando al Banco para sacar el dinero, la denuncia por la desaparición y las mil historias que se tejieron en el barrio. El Capitán Pellejo seguía sin dar señales de vida.

Algunos comentaron que lo vieron en la puerta de un Shopping, convertido en un Flogger, otros dijeron que se habia convertido en Emo luego de ver a “Asaltantes con Patente ´09″.

El grupo que creamos en Facebook llamado “¿Dónde está Pelle?”, en honor a nuestro amigo “Wally” nos hacía llegar fotos del Capitán en cualquier lugar del mundo, pero la verdad, no las veíamos a menos que dijera palabras clave como: “borracho”, “drogado”, o “fiesta hippie” Pensando en esto ahora, quizás eso retraso nuestro encuentro.


Alejandro Barrios

Tagged with:
preload preload preload