
Página en blanco
Hasta enamorarse.
Hasta que de ellos nazca Un nuevo Sueño.

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Hasta enamorarse.
Hasta que de ellos nazca Un nuevo Sueño.
06:30 A.M. Comienza a sonar la alarma de mi celular. Me levanto rápidamente y presiono el botón para callarlo. Vuelvo a dejarlo en la mesa de luz.
La observo, no tiene idea de lo que acaba de suceder, ni de que me levanté, ni que sonó el celular y mucho menos de que después de silenciarlo mis ojos descansaron sobre la curva pronunciada en la delgadez de su cintura y observaban detenidamente como se convertía lo sencillo en mujer.
En ese entonces ya estaba volviendo a la cama, casi congelado. Al sentir mi cuerpo frío me abrazó y susurro dormida “yo te cuido y te doy calorcito”. Me llenó de ternura y la besé. En ese momento ambos quedamos dormidos.
Se abre la puerta del cuarto y el ruido me obliga a despertarme, llevando la mirada hacia la puerta: veo a mi suegra con una sonrisa y dice – Al final no te levantaste nada – Sonreí con las pocas fuerzas que tenía. Apenas logré decir – Ya voy, gracias Anita -
Ella despertaba a mi lado sonriente y hermosa. ¡¡08:15 A.M.!!! Ya no había tiempo para sonrisas ni cariños, hacía 15 minutos que debía estar en el trabajo, pero el timbre sonó. Había olvidado completamente que Anita, en su profesión de peluquera debía peinar a “la chica que se casaba a las 10:00 A.M.”. Anita abrió la puerta mientras Timón, el hijo de estirpe canina, enloquecía en ladridos.
Andrea se levantaba para calmar al canino, yo me vestía con cara de pánico y toda la paz y la armonía habían desaparecido.
Ya era tarde cuando me disponía a leer el correo electrónico. Tenía el café en las manos, sentía que me quemaba, lo dejé rápidamente sobre la mesa, cerca del monitor. Coloque mis manos sobre el teclado e introduje la contraseña, justo cuando recibí un mensaje de texto. “¿Vos sabes cómo saco una foto que que subí a un blog que hice y me equivoque?”. Quién lo enviaba era un viejo conocido a quien bastante le debo en materia de letras fue extraño. Al recibir un mensaje de texto siempre me pregunto”¿Quien será?”. Usualmente las respuestas son limitadas, “mi vieja, mi novia, o algún quilombo del laburo”, pero más allá de algunas sorpresas diarias, jamás espero que sea un escritor quien lo envía. Respondí lo que creía que debía hacer, pero al contestarme aún no había encontrado la forma adecuada de borrar la imagen. Lo intenté pero no teníamos buena comunicación vía sms. Quedamos para el día siguiente, en horario de trabajo, como de costumbre, con el discretisimo “Gtalk”. Cuando levante la mirada pude leer “Contraseña incorrecta. Por favor ingrese su contraseña correctamente”. Al tomar la taza descubrí algo que ni siquiera temía. El café estaba frío.
Hace ya casi un año que una situación muy especial me llevó a sentirme muy cercano a la historia de Delmira Agustini y Manuel Ugarte, en ese entonces escribí este pequeño poema que hoy decido compartir con todos ustedes.
(…) ¿me amas?
te amo

ya no lo hagas
solo quiero tu deseo
tu locura
quiero ser aquello que no conoces
aquello que no puedes tener
pero que en secreto
compartimos, en cada mirada
en cada palabra
en cada cama que nos encuentra
Alejandro Barrios
Observo como lentamente comienza a evaporarse el agua por el pico de la caldera ¿La caldera tiene un pico? ¿Está bien llamado? – me pregunto. – Intento controlar mi ansiedad y recuerdo que la yerba simplemente está en el mate, aún no empecé a hincharla. Tomo el mate y lo acerco al fino hilo de agua fría que comienza a salir de la canilla. Disfruto con tan sólo mirar como la yerba al mojarse cae lentamente y llena la parte inferior del mate, haciendo parecer que ya está lavado.
“La montañita” conserva su firmeza gracias a mi cuidado. Mientras el fino hilo de agua continúa llenando el mate luego de que la yerba lo absorbiera en su primer interacción, comienzo a moverle de izquierda a derecha y luego hacia atrás para que la humedad se distribuya de la forma más homogénea posible.
La caldera comienza a silbar y eso me hace recordar que simplemente deseo tener una caldera que no emita sonidos, no los soporto, las calderas son para calentar agua, no para evitar que las personas se olviden de ellas.
Finalmente todo se convirtió en silencio cuando mi mano derecha cerró la llave y apagó la hornalla. Tomé la caldera y me quemo, – Maldita caldera chifladora! – pensé y recogí un repasador que estaba colgando de la puerta del horno. Ya con el trapo en la mano, vertí el líquido dentro del termo, observando la fusión de oxígeno e hidrógeno en diferentes estados. Tras cerrar el termo las primeras gotas de agua caliente llegan a la yerba que comienza a emanar su aroma tan característico y amargo. Como el último paso de este ritual, tomo la bombilla y con el dedo pulgar en su “boca”, la hago penetrar esa mezcla de yerba y agua viendo como se desplazan los líquidos finalmente.
Acerco la bombilla a mi boca y comienzo a aspirar, llegan las primeras sensaciones. – Está asqueroso!! – pienso. Pero sé que es cuestión de paciencia, al cebar el tercer mate la temperatura estará acorde a mi deseo, la yerba tendrá un sabor perfecto y mi lengua se habrá quemado.
Alejandro Barrios

La muerte no lograba encontrarlo y el señor Macleod siempre la esperaba. Ya tenía más de 400 años y no sentía temor al enfrentar a todo aquel que lo desafiara. Había batallado en distintas guerras y para distintos bandos, según sus creencias, según su justicia. Siempre ganó, quizás no así su ejercito, pero él jamás fue derrotado. La muerte aún lo buscaba y él, esperaba en la puerta. Sabía ser inmortal gracias a un mito enterrado. Cuanto más tiempo pasará, más seguro vivía.
Hasta que arqueólogos e investigadores llegaron a su tumba.
Allí estaba el secreto.
La muerte seguía su búsqueda, recorría las montañas donde Macleod habitaba. Ambos sintieron miedo.
Los arqueólogos encontraron en la antigua tumba vestiduras de color negro al estilo celta, una OZ entre ellas y dentro de las vestiduras, un esqueleto. La imagen generó terror y las leyendas tomaron el control del pueblo. Sin embargo, la ciencia continúo implacable. Tomaron los restos y los sometieron a estudios en donde encontraron distintos tipos de suelo y ADN.
El señor Macleod sentía que las cosas no iban bien y la muerte había desaparecido del mundo, repentinamente la gente había dejado de morir. Llegó el invierno y mientras Macleod tomaba whisky en la fría noche, próximo a la estufa a leña. Tomo su capa como abrigo y salió. Vio que alguien se acercaba pero no traía su farol. Con sus manos dentro de las vestiduras celtas el antiguo Macleod tomó la OZ y se lanzó contra el extraño que parecía flotar en el aire.
La muerte y él volvieron a ser uno, mientras los antiguos restos desaparecían de las mesas de estudio.
Alejandro Barrios
Esta nona si que aguanta
Días atras viví la experiencia tremenda de la reunión familiar a raíz del cumpleaños de mi abuela. Todos quienes pasaron por la situación de “la reunión familiar” y se autodenominan “loquitos” sabén (pero se lo contamos a los lectores que no se definen de la forma anteriormente dicha), que no es nada sencillo. El momento en el que uno llega tarde, ya sea porque estaba desarrollando una actividad (teatro, canto, deporte, danza, murga, reunión de amigos, y un infinito etc.), o porque simplemente prefirió inventar una situación así para padecer durante menos tiempo el “buen trato familiar”.
Reconozco que solía disfrutar en mi infancia este tipo de reuniones, hasta que próximo a los 11 años noté que las cosas cambiaban cuando alguién se retiraba del evento. Autómaticamente todos los seres que continuaban presentes daban “palo y palo” al recien emigrado. Me molestaba la situación pero se hacía muy difícil manifestarse y más aún ser tenido en cuenta a tan corta edad. Decidí, en ese entonces, que era mejor callar. Tiempo después imaginé que lo mismo pasaba conmigo, es decir, si me voy antes todos esos palos caen sobre mi lomo. Esta idea ha generado un cambio sustancial en los ritmos del cumpleaños de mi abuela. No logré que los palos desaparezcan pero, llego cerca del final y me voy cuando todos deciden dormirse, sé que los palos los recibí antes, pero al menos tengo la pequeña posibilidad de revertir lo malo y no quedarme con una cruz que generalmente no me pertenece.
Alejandro Barrios
Murga Madre es un espectáculo que se llevó a cabo durante varios años en diversos lugares del mundo.
La propuesta es de una obra teatral y fué presentada, entre otros lugares, en el mismisimo Teatro Solís de Montevideo.
La genialidad de sus protagonistas, Edú “Pitufo” Lombardo y Pablo “Pinocho” Routín lograrón transmitir con
pocos elementos en escena, mesas, sillas, y sus caras pintadas lo que sucede en la vida de un artista, de un actor, de un dramaturgo, de un letrista o de un hijo de Momo. Sin dudas ellos lo saben bien, y de la mano del Director Fernando Toja, consiguieron contarle al mundo de que se trata, el carnaval, el arte en general y la actuación misma, durante el espectáculo, de la letra del tema de Pitufo Lombardo se puede escuchar: “Que es tan grande lo que pasa en Carnaval, que la tierra se confunda con el cielo” Sin dudas, es el mejor homenaje que puede llevarse adelante.