Feb 23

La taza de cafe

Caminamos por el resto de la galería mirando las vidrieras de las distintas tiendas en dirección a la calle Guayabo, salimos por esa puerta y saludó a una chica que estaba sentada en el bar. – Ella es Analía – comentó. A lo que solo respondí – Sí? – Sabiendo que alguna vez la había mencionado en alguna historia sobre el trabajo pero que no estaba presente en mi memoria para ese entonces.

Cruzamos la calle y nos acercamos hacia Gaboto, una vez allí caminamos hacia Rodó y vimos un kiosco abierto, entramos y tomé 2 refrescos “Cola”. Le pregunté a Andrea si quería algo más y dijo que no, yo tampoco quería otra cosa, solo tenerla cerca. Fuimos rumbo a 18 de Julio y acordamos que si volvía caminando iba a demorar lo mismo que si hubiera hecho la cola del tercer piso y me fuera en ómnibus, por tanto, iniciamos el viaje mientras charlábamos sobre nuestras actividades diarias y lo bien que pasábamos juntos; desde la cafetería del gaucho el fuerte aroma a café me desequilibraba una vez más. Le pedí por favor que camináramos más rápido para no tener complicaciones en el trabajo, ya se acercaba la hora de hacer los bancos, el celular comenzó a sonar y no se detuvo hasta que llegué a la oficina, obviamente porque no estaba dispuesto a atender mientras disfrutaba de su compañía. Luego de compartir el viaje hasta la calle Paraguay nos despedimos, prometiéndonos volver a repetir el camino, y yo salí a toda velocidad por 18 de Julio; ya en Río Branco subí e hice entrega de los dichosos certificados que me habían permitido todo ese camino de felicidad. Entre gritos, sonidos de la fotocopiadora y llamadas telefónicas, que no se detenían ni un instante, fui al baño. Desde allí escuchaba como le explicaban a mi compañera todos los depósitos que yo debía hacer en los distintos bancos. Al salir, fui a la cocina a buscar un poco de agua y la taza se encontraba allí, aún intacta, con cierta expectativa, controlando cada uno de mis movimientos y preguntándose cuanto más iba a demorar.

La urgencia llamó una vez más y gracias a ella salí con una sensación extraña en el pecho, sabía que tenía 50 minutos para hacer los depósitos en 4 bancos, algo no andaba bien.

En tres de esos bancos no tendría mayores problemas, ya que los depósitos se realizaban en cajeros automáticos, era cuestión de minutos entrar al banco, esperar en la fila, tomar el sobre, guardar “los valores” junto con el ticket del depósito en el sobre, y luego partir rápidamente hacia otro banco. Los tres primeros fueron cuestión de 35 minutos.

Al entrar al BROU de 18 de Julio esquina Julio Herrera y Obes, la fila para depositar en las cajas recorría todo el largo del edificio, en total eran unos 35 mts aproximadamente. Fui al final de la fila y me sumé a la larga espera, puse mi MP3 y empecé a escuchar música, no pasaron 2 minutos y el tic tac del reloj del Banco no paraba de sonar en mi mente, cada vez el sonido era más fuerte y golpeaba mis tímpanos desviando todos mis pensamientos. Busqué en mi bolso y encontré un libro de Paul Auster, “Trilogía de Nueva York”. Comencé a leer y los murmullos entre la gente eran insoportables, “No puede ser que demoren tanto”, “Para esto les pagan”, “Mirá, ahora que se llenó de gente se van a juntar en el fondo. Qué tienen Asamblea hoy?”. El reloj dio las 17:00 casi enseguida, lo que me dejó fuera de la oficina, la taza de café sufre con el último sonido de la cerradura cerrándose.

El portero del BROU avanza moviendo sus ojos para asegurarse de que nadie llegue al banco tratando de  entrar en el minuto final. El cajero de “La 1″ le grita – Cerrá de una vez por todas! –  Mi mente viaja y cruza la avenida 18 de Julio, sube los 3 pisos en la esquina de Río Branco sube por los aires e irrumpe por la ventana principal, entra a la cocina y la veo, tenue, apagada, con las luces bajas, el café aún dentro de ella, el azúcar también. Cuando noto que mi mente está contemplando la taza y mi cuerpo está frente al cajero congelado, le entrego el dinero y le digo cuanto es el total del depósito, número de cuenta y sucursal, le agradezco la atención y resignado ya, camino hacia la facultad ya que no tengo la llave de la oficina y no podré volver hasta el día siguiente. Sin dinero y con más frío del previsto soporté todo el horario de la facultad. En casa comí una vieja tortilla de papas que habia quedado del día anterior y solo tenía agua para tomar.

Finalmente, al llegar a las 09:25 A.M. a la oficina, en la mañana siguiente, pasé casi sin saludar directo a la cocina, calenté el agua en la caldera y la vertí dentro de la taza que aún conservaba el viejo café y su correspondiente azúcar.

Tomé el café sintiéndome muy felíz por haber logrado saciar ese deseo, mirando por la ventana a la gente pasar con bermudas y musculosas, comienzo a sudar a causa del café fuerte y caliente, afuera hay 25 grados y el sabor del café me volvió a la vida.

FIN

Alejandro Barrios

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Feb 18

Taza de café

En el momento en que lo decidí tenía frío, ordenaba papeles en un viejo escritorio de la oficina en donde trabajo y esperé el momento justo para atacar, cuando mi instinto me lo sugirió tomé la señal (no sin antes vacilar, como siempre sucede ante cosas instintivas)

Rápidamente llegué a la cocina, tomé la taza de vidrio color azul, bastante extraña en su forma, parecía una especie de taza de café como las que sirven en los bares, solo que en esta se podía servir un café de 300 ml.

Imaginen el tamaño que tenía.

Abrí un sobre de café y lo vertí dentro, luego el azúcar comenzaba a mirarme, podía sentir su deseo, estaba allí conmigo, a mi lado, esperando por mí, solo tenía que actuar para que ambos lográramos satisfacer nuestros deseos; como la mayoría de las veces puse lo que consideraba necesario (que ya era suficiente), y un poco más “por las dudas”.

El agua estaba en la caldera y solo serían necesarios 5 minutos, 5 minutos más y lo saborearía, descubriendo una vez más el mágico sabor de un café en otoño, mirando por la ventana como los abrigos cubren a las personas.

La taza esperaba por mí. En ese momento de contemplación y reflexión escuché el molesto grito invadiendo la oficina por completo, sonaba como si unos parlantes ocultos se ubicaran por distintos lugares del inmueble. La Directora del estudio gritaba incansable – ¡¡¡¡¡ALEEeEeee!!!! – de forma muy atrevida. Imaginé que una vez más, y como siempre sucede, quería saber cómo se utiliza el micrófono en el msn o cuál es la mejor forma para que los hackers que “a ella le quieren robar información” no descubran que su único propósito en la tierra es vender unos inútiles bonos del tesoro brasileños.

El segundo grito no se hizo esperar, – ¡¡¡Aleee!!! – mi furia estalló, recorrí rápidamente los pocos metros que separaban la cocina del escritorio con una velocidad tal, que parecía que me había quemado con el agua que tanto deseaba para lograr la fusión con el café.

Al entrar descubrí que todos mis demonios eran reales, un problema con la computadora. Otra vez.

-Por qué me dice esto? – preguntó con tono molesto y mirada desorbitada como si de una advertencia de la NASA sobre el fin de los días a causa de un impacto con un gran meteorito se tratara.

-No sé – respondí.

-Te podés fijar? – Insistió con un gran sufrimiento en su voz que comenzaba a generarme placer.

-Dejame ver, hace click ahí. Sí, donde dice actualizar Antivirus. -

-Nada más?

-Solo te queda esperar a que termine. No era tan difícil. No? – Respondí

-Tá! Andá a seguir con lo que estabas. Mirá que tenés unos cuantos lugares más para ir, te faltan los bancos, así que metele, dejate de estar dando vueltas – recomendó con tono venenoso.

- De nada – Respondí, pensando en el lugar por el que me pasaba las palabras de recomendación.

Solucionado el percance vuelvo sobre “mi” dilema original, la taza de café. Paciente, fiel, compañera, casi domesticada como en una secuencia de cine mudo, se sostiene sobre si misma apoyando su peso en la mesa de mármol, pretendiendo ser útil, pero con una sola acción posible, esperarme.

Siento sonar el interno, mi compañera levanta el tubo y solo responde, “ya va” mientras dirige una mirada hacia mí. Fue casi una orden directa, tengo que ir al Registro Notarial y conseguir cierta información, la cual a esta hora ya no dan, pero tengo los contactos necesarios para obtenerla y encima sin pagar un solo peso, algo que jamás me será reconocido. Soy consciente de que no puedo tomar mi café en el ómnibus, así que mientras camino rumbo a la puerta miro sobre mi hombro izquierdo para dejarle ese recuerdo reflejado en ella misma, mi cara llena de lástima, nostalgia y deseo.

Emprendo el viaje por el ascensor y llego hasta la planta baja, en el recorrido varios de los vecinos de siempre me saludan y notan que mi cara tiene una expresión un poco desencajada. Una señora de unos 75 años me interroga y le respondo que estoy bien, que no se preocupe y que es normal tomando en cuenta el lugar en el que trabajo. Ella asiente con la cabeza y dice que extraña esos tiempos.

Si los extraña debió estar enamorada del jefe – pienso, ya que sería imposible extrañar a la oficina en la cual trabajo.

Espero el ómnibus y pago los $9 del boleto céntrico, camino hasta el fondo y me siento solo, contra la ventanilla, mirando hacia 18 de Julio y temblando lentamente a causa del frío que estoy sintiendo, ya que olvidé, en medio de la gran obsesión por mi café, el saco. Para aprovechar el tiempo del viaje comienzo a escribir un relato llamado “Consejos para ser un Dios”, pero la historia se centra en cosas que no pretendo escribir aquí; no puedo evitar esa taza de café en mi mente, ella esta ahí, gira y se hace presente. En el recorrido (desde 18 y Río Branco hasta 18 y Gaboto) paso por 2 sucursales de “Café Central” y son como puñaladas por todo el cuerpo, el mismo al que mi camisa es incapaz de abrigar e imagino el café recorriendo mi mundo interior, llevando sus casi 70º C  por todo mi cuerpo, duplicando mi sensación de bienestar y dándole otra vez cierto color rosado a mis mejillas.

Entrando en el edificio de la Dirección General de Registros puedo ver en las miradas de las personas la curiosidad y la sorpresa intentando descubrir el secreto del muchacho de camisa en medio de este gran frío. El secreto es único y mío, el secreto es la taza de café esperando, tan presente en mi mente que siento su sabor en mis labios.

Subo por el ascensor y nadie más está conmigo, es extraño, seguramente llego tarde. Al abrirse la puerta en el piso número 3 veo la fila a lo largo de las escaleras, más de setenta personas están allí, algunos saludan, otros evitan mi mirada. Bajo dos pisos por la escalera y llego al primero, me dispongo a hacer la fila y tomo un libro del bolso, “De que hablamos cuando hablamos de amor” de Raymond Carver. Comienzo a leer para superar el tedio de los dos pisos de fila. La veo pasar y el libro desaparece por completo de mi mente, morocha, delgada, muy alta para ser mujer, cabello lacio y mirada seductora, se acerca mirándome directo a los ojos y me saluda

- Hola! – dijo mirando mis labios

- Hola! Cómo estás? – Pregunté tratando de mantener la línea de razonamiento intacta

- Bien! Precisás algo de acá? Voy para el tercero – Susurró en mi oído

- Tengo que retirar esto – dije mientras le mostraba el boleto del certificado

- Esperame en el subsuelo que te lo alcanzo – dijo mientras me dedicaba su sonrisa más sensual y conquistadora.

Evidentemente estaba rendido a los pies de esa mujer y ella era consciente de lo que generaba en mí; bajé los pisos restantes hasta el subsuelo y esperé mirando las ofertas en las tiendas de ropa. Nada que me convenciera, nada que lograra sacarla de mi mente.

Pocos minutos después, ella bajaba por la escalera mecánica con los papeles en la mano izquierda y el celular en la mano derecha. Al acercarse dijo – Son estos, está todo bien, ningún embargo ni nada -

- Gracias Andy, ahora tengo tiempo de sobra, imaginate todo lo que me ahorraste por no hacer esa fila – reflexioné en voz alta.

- Querés que tomemos algo mientras? – sugirió

-No tenés que trabajar? – pregunté

- Ya está, ya terminé –  respondió ella

- Uff, entonces lo menos que puedo hacer es invitarte una Coca. Vamos?

- Dale!

Continuará…

Alejandro Barrios

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Feb 16

A hermanos alejados
solamente por mojones
por su pesar consternado
y plasmando corazones

esta tinta no te sirve
para subrayar el amor
mas la mano que escribe
se quiebra ante tu dolor

nuestra madre pega fuerte
y su extensión moviliza
sin motivo aparente
precipita la golpiza

por el llanto hecho polvo
y la sangre tan ladrillo
un minuto de escombro
se te convierte cobijo

ya oímos tu desgarro
que aún vibra de pena
quítate todo el barro
pelea en la condena

mientras suelto la misiva
mano y corazón por ti
lloro toda homicida
hasta la victoria, Haití!

Facundo Cartagena

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Feb 05

Al llegar a la cocina la situación no se podría decir que estaba mejor; había decenas, cientos de hormigas, formando filas de caminos, que muchas veces se rozaban, pero que nunca se cruzaban uno con el otro.

Todas las hormigas cargaban con pequeños trozos de azúcar. El azúcar estaba húmeda. Se habían formado pequeños bloques dentro del frasco. El frasco de azúcar estaba caído al piso, y las hormigas cargaban con esos bloques.

Me llamó la atención que un grupo de hormigas cargara con unos bultos negros tan grandes como ellas sobre sus lomos. Me puse en cuclillas y observé con mayor detenimiento. Las hormigas esas, que no serían más de cinco o seis, y diseminadas por distintos lados, cargaban trabajosamente con otras hormigas sobre sus lomos –esto también me hizo recordar ese documental en que mostraban cómo las hormigas cargaban con las hormigas muertas, sacándolas del hormiguero o de las inmediaciones del hormiguero, para que no se produjeran futuras infecciones que afectaran su hábitat; La verdad es que había quedado impresionado con eso. Pero lo que más me había impresionado era esa “humanidad” de las hormigas, que a pesar de que de alguna manera deshacerse de los cadáveres no era un acto tan “humano”, lo hacían de la forma menos violenta posible, y todo lo hacían en pos de esa gran comunidad.

Sabía que en algún sitio estaba la linterna, pero no recordaba con exactitud dónde. Las hormigas se encontraban por todos lados, y la mayoría, con sus trozos de azúcar a cuestas se dirigían bajo la mesada; posiblemente allí habría algún agujero que comunicara directamente con el hormiguero.

Mi cabeza parecía estar en otro sitio, parecía que no llegaba a ser consciente del todo de lo grave de la situación, de lo grave de que la casa, una casa bastante nueva, fuera totalmente tomada por miles y miles de hormigas. Había sin duda un acto inconsciente de mi parte, un acto que no me permitía ver las cosas como son, como se estaban dando. Era consciente de que mi pasividad asqueante no me llevaría a ningún lado, pero otra parte mía me decía que no podía hacer nada, que no podría ponerme como loco y empezar a pisotear a todas las hormigas que estuvieran en mi camino, y que tampoco tenía (todavía) el valor suficiente para llamar a alguien para que se encargara de eso. Ahora, en lo único que pensaba era en la linterna, y ver que es lo que había debajo de mi cama, esa era mi mayor preocupación.

Dar con la linterna fue una empresa difícil. Tenía una vaga idea que la había dejado bajo la mesada, pero me producía cierto temor encontrarme con un panorama de hormigas que excedieran los límites de mi imaginación. Sin duda estaba asustado. Algo me decía que debía salir de la casa y buscar ayuda, pero mi ex mujer siempre me decía que yo era un exagerado, que me gustaba hacerme el mártir, y esos factores en mi personalidad, habían contribuido en gran medida para que me dejara. La última vez que estuvo en casa, entre uno de sus tantos insultos me gritó que era un miedoso, y que nunca podía hacer algo por mí mismo –lo cual en gran medida no está tan alejado de la realidad, pero no era necesario que me lo gritara de esa manera, y más en presencia de muchos vecinos que estaban afuera y que fueron testigos de privilegio de los ataques de mi ex mujer un domingo por la tarde. Toda esa situación había generado en mí un autoencierro, una autodependencia que no era del todo saludable. Recordaba las palabras de mi mujer y pensaba que ella tenía razón, que simplemente yo era un fracasado y no podía seguir pidiéndole favores a los demás; tenía que hacer las cosas por mí mismo y nada más, y esta era una buena oportunidad; enfrentar a las hormigas de la forma más digna posible, sin caer en la ayuda de algún exterminador, era todo un reto para mí, y creo que a esta altura para cualquiera.

La puerta de la mesada estaba en perfectas condiciones, no mostraba signos de que detrás de esa puerta ocurriera algo extraño. Cuando la abrí de forma lenta porque tenía temor a que alguna hormiga me saltara en la cara, me encontré con cientos de hormigas que caminaban a lo largo del caño del desagüe de la pileta. Caminaban sin cargar nada sobre sus lomos. Se metían en los distintos pliegues de la tubería de pvc que estaba incrustada a la pared, donde por un mínimo espacio libre entre la pared y el caño era por el cual pasaban, saliendo de la casa.

La linterna debía de estar debajo de la mesada, cerca de la garrafa de gas. Mi posición no era del todo cómoda; tenía que mantenerme en cuclillas, estirando el brazo por detrás de la garrafa, que era el lugar en donde había visto por última vez a la linterna. Después de uno o dos minutos de esfuerzo, de estirar el brazo y arrastrar la mano por toda la pared de la mesada y por la parte de la garrafa que quedaba contra la pared, encontré la linterna. La sensación de encontrarla me llenó de orgullo, era como si el acto fuera de lo más valiente que hubiera hecho. Probé la linterna y funcionaba, ahora sí, me dije, y fui rumbo al cuarto. Estaba muy ilusionado con encontrar el hormiguero, pero tampoco tenía muy claro que iba a hacer con él uno vez encontrado.

Cuando llegué al cuarto me encontré con la grata sorpresa de no ver movimiento de hormigas por ningún lado. Salí y fui hacia el baño a hacer una breve visita, quería corroborar que las hormigas no se hubieran escondido en alguna parte, pero me encontré con tan solo una decena de hormigas que parecían perdidas, y caminaban de forma confusa.

Las hormigas del baño parecían distintas a las del resto de la casa, no sé, fue más que nada una sensación. Coloqué mi mano en el piso, formando una pendiente en el camino de las hormigas, hasta que una se trepó y juro que me pareció de un color distinto, un color verdoso, muy obscuro. La hormiga empezó a dar vueltas alrededor de mi mano, hasta que siguió subiendo por mi antebrazo, y ahí, otra vez coloqué mi mano en el suelo, facilitándole el descenso. Pero más allá de eso, no podría destacar nada más. Me parecía una hormiga de lo más inofensiva.

En el cuarto, no veía ninguna hormiga cerca, pensé que todas estarían escondidas bajo la cama –aunque escondidas no crea que sea la palabra adecuada, ya que en ningún momento se escondieron de mí, es más, su actitud era totalmente indiferente, prácticamente me ignoraban, parecía que mi presencia no les generaba ningún peligro. Una vez leí un relato sobre unas hormigas, en el que decía que solo ven a distancias cercanas, muy cercanas, como si vieran en otra dimensión. Ese relato difería un poco del documental que había visto en la televisión, y no sabía qué pensar, cualquiera de las dos versiones me parecían muy serias, y me desconcertaba aún más el concepto creado ante estos animales.

En el cuarto, linterna en mano, me tiré al piso y apunté bajo la cama, el lugar donde se habían estado escapando de mi vista. Pero esta vez no vi nada ni escuché nada, o mejor dicho, no vi nada de raro, apenas un par de zapatos, el control remoto, y la tapa de la pasta de dientes. El sonido parecido al enjambre de abejas no se escuchaba. Todo lucía normal, lo cual me generó una confusión mayor. Ya ponía en tela de juicio si lo que había vivido hasta el momento no era una pesadilla de la cual me despertaba.

Con el foco de la linterna buscaba algún indicio de que hubiera hormigas en cualquier lado. Pero la linterna tanto no me ayudaba. Esta vez volví a intentar mover la cama, quizás, en una de esas podría correr la cama de lugar, quien sabe.

La cama finalmente cedió. Sí, no opuso resistencia como lo había hecho en un principio. Aparté la cama de la pared, como lo hacía habitualmente para limpiar debajo y no vi absolutamente nada. No había hormigas, no había hormiguero, ni nada que me hiciera pensar en uno. Apenas distinguí un pequeño orificio en el piso a la altura del centro de la cama. El orificio es muy pequeño, y dudo que alguna hormiga pase por allí. Pero nunca se sabe con las hormigas. Me volví a tirar al piso y puse mi cabeza muy cerca del orificio para intentar ver algo; pero el orificio era muy pequeño, tan pequeño que me era imposible ver algo; era como si intentara ver por el agujero de un colador, de esos que usan para colar el té. Saqué los zapatos del piso, levanté el control remoto que lo buscaba desde ayer y llevé la tapa de la pasta de dientes al baño. Aproveché para barrer bajo la cama. Desde el orificio no notaba ningún movimiento. Quizás ese orificio sería posiblemente el camino hacia un hormiguero que estuviera a un nivel subterráneo, cercano a los cimientos de la casa. Ahora, no veía ninguna hormiga en ningún rincón, parecía que hubieran desaparecido por arte de magia. El único indicio que encontraba de que alguna vez hubo hormigas era en la cocina, donde el frasco de azúcar seguía tirado en el piso, hecho añicos, pero sin restos de azúcar en ningún lado. Todo me desconcertaba. Pensé olvidarme de las hormigas e ir a descansar un poco. Desde hacía horas que estaba postergando la hora de irme a acostar. Con el cuarto en orden, y sin ganas de nada, me tiré en la cama, vestido, sobre las mantas, ni siquiera me saqué los zapatos, y rápidamente me quedé dormido.

No sé cuantas horas habré dormido, pero siempre tuve la sensación de estar escuchando el quejido de algún pájaro. Soñé además con mi gata, que no veía desde ayer.

En el sueño me encontraba con la gata que estaba acostada en un rincón de mi antiguo trabajo (una librería), donde la encargada del lugar me enseñaba que la gata estaba en perfectas condiciones, y que había dado a luz con normalidad; cosa que me extrañó, ya que la gata estaba castrada, y era imposible que tuviera cría. Mi gata siempre tuvo serios problemas de salud, más que nada problemas en el aparato respiratorio, lo cual nunca permitió que se terminara de desarrollar, quedándose bastante enana. Una vez quedó embarazada y la veterinaria me había advertido que debido a su enfermedad respiratoria, lo más probable fuera que no soportara el parto, cosa que hizo; pero toda su cría se murió, algunos gatitos nacieron hasta deformes, y murieron a los pocos días, ninguna de sus cinco crías se salvaron, por eso, inmediatamente decidí castrarla. Así, que era imposible que la gata estuviera embarazada, pero en los sueños no hay imposibles; la encargada de la librería me enseñaba a la gata que estaba acostada sobre un colchón, amamantando a sus crías; una, era un hermoso gatito de color blanco y negro, y pegado a ese gatito, había una libélula gigante, tan grande como el gatito, pero alargada y verdosa, con los ojos saltones.

La libélula me llenó de asco, más que nada cuando la agarré instintivamente pensando que era otra cosa, no lo sé… pero el reflejo fue tal que me hizo soltarla cayéndose al piso. Volví a poner a la libélula con su madre y al rato me desperté bastante preocupado.

No entendía la relación de la libélula con las hormigas, pero la verdad es que me había despertado en la madrugada por esa pesadilla, y sintiendo una incomodidad en la cama, como cuando uno pasa muchas horas acostado y le empiezan a doler todos los huesos. A medida que iba dejando ese estado de vigilia tan especial que lo dejan a uno hipersensible una vez salido de los sueños —–como si en ese estado los sentidos se agudizaran, y uno percibiera cosas que nunca percibe, porque parece entrar en otra dimensión, es como si por unos minutos quedara abierta una puerta hacia otra dimensión, y durante esos minutos, uno llega a sensibilizarse de tal manera que es imposible ver la realidad tal cual es, y uno piensa que la realidad es eso, es ese estado de vigilia y que todo lo demás es secundario—- me encontraba con la sensación de que me estaba hundiendo en la cama, como si algo o alguien ejerciera una fuerza en el centro de la cama y fuera succionándome hacia abajo. La sensación duró varios minutos, minutos en los cuales sentía que perdía la fuerza, y en mi cabeza flotaba una imagen que por más que hiciera un intento por borrarla no podía. Esa imagen se había apoderado de mi mente, y en la imagen veía a la libélula comerse al gatito blanco y negro, y comerse a mi gata; la libélula parecía dirigir ahora a un centenar de hormigas, parada sobre un estrado, sacudiendo la batuta, dándoles órdenes a las hormigas de que atacaran. Tuve que hacer más que un esfuerzo importante para sacar a la libélula de mis pensamientos. Cuando fui dejando ese estado de semi vigilia, me fui dando cuenta que la sensación de que me hundía en el colchón no había desaparecido, al contrario, se había acrecentado en intensidad. Ladeaba mi cuerpo para un lado y otro pero no tenía fuerza para desprenderme de esa sensación; mi cuerpo se iba hundiendo, como tragado por arenas movedizas. Por más fuerza que hiciera no podía reaccionar, no podía modificar nada de lo que me pasaba, estaba siendo tragado por la cama. Intenté gritar, pero el colchón y las mantas ejercían una fuerza tal sobre mi esternón que me era imposible gritar, o hablar, mi diafragma parecía totalmente comprimido, poco a poco me quedaba sin aire. Veía apenas una gruesa porción de luz, y el resto era el interior del colchón, los resortes, el polifón, las mantas, y poco a poco la obscuridad. La fuerza era brutal, y me tragaba y no había forma de pararla. Tenía ganas de gritar, de salirme de ese encierro, pero apenas podía respirar. Por un segundo vi que me encontraba bajo la cama, rodeado de millones de hormigas que surcaban todo mi cuerpo y me arrastraba hacia un orificio gigante. Una decenas de imágenes pasaban por mi cabeza, acompañadas de los mismos quejidos que había sentido en el sueño de mi gata, en el cual escuchaba a un pájaro quejarse; las imágenes me enseñaban un camino subterráneo, lleno de cuevas, parecidas a catacumbas, mi cuerpo era arrastrado por miles y miles de hormigas, todas debajo de mi cuerpo, cargándome hacia un altar donde se encontraba la libélula, de ojos desorbitados, de colmillos gigantes, esperándome para ser devorado, tenía las patas delanteras de tal manera que parecía rezar; las hormigas me acercaban a la libélula, y yo no tenía fuerza, solo me dejaba llevar, mis miembros estaban totalmente inmovilizados. Cuando finalmente las hormigas me dejaron frente a ella, la libélula abrió grande sus fauces y comenzó a vomitar una figura humana, que a medida que iba saliendo de su boca, el cuerpo iba tomando forma bajo toda una capa viscosa; la figura tenía forma de mujer, era mi ex mujer, que me sonreía y me decía, “Te estábamos esperando”, y comenzó a reírse con fuerza a medida que se desnudaba, mientras yo seguía sin poder moverme, con todos los músculos endurecidos; ella se desnudaba y se colocaba sobre mí; mi quitaba el pantalón y empezaba a menearse sobre mi cuerpo, sobre mi pubis, buscando el orgasmo, hasta que empezó a gritar, y a gritar desaforadamente, abriendo grande la boca, enseñándome unos incipientes colmillos que se le abrían paso, bajando su cabeza hacia mí, buscando mi yugular; cuando finalmente acercó su boca a mi cuello, y después de un leve pellizco con sus dientes, me clavó los colmillos en la yugular, y ahí, recién ahí pude gritar, y grité tanto que me desperté totalmente sudado y agitado sobre la cama. Noté además, que tenía una leve erección. Me levanté y fui hacia el baño a enjuagarme la cara, eran las primeras horas de la mañana.

Mi cara lucía demacrada, hacía tiempo que no tenía una de esas pesadillas; a medida que pasaban los minutos la erección fue perdiendo fuerza.

Fui camino al cuarto y me senté en los pies de la cama. Me estaba recuperando todavía del sueño, hasta que sentí algo en mi zapato. Era una hormiga. La hormiga comenzó a treparse por mi pie izquierdo. Se trepó a un costado, y en vez de atravesar mi zapato, comenzó a caminar por todo su alrededor. Me quedé quieto. En ningún momento pasó por mi cabeza la idea de aplastarla, era una hormiga de esas que llaman trabajadoras, y quizás por eso me daba lástima matarla.

Eduardo Aguirre

*Texto incluido en El último canalla

Feb 02

Foto de Mario Levrero

Foto de Mario Levrero

La hormiga comenzó a treparse por mi pie izquierdo. Se trepó a un costado, y en vez de atravesar mi zapato, comenzó a caminar por todo su alrededor. Me quedé quieto. En ningún momento pasó por mi cabeza la idea de aplastarla, era una hormiga de esas que llaman trabajadoras, y quizás por eso me daba lástima matarla.

Cada vez que camino por algún sendero, o la vereda, voy esquivando las filas de hormigas que se atraviesan en mi camino, formando zigzagues, llevando pedacitos pequeños de pasto. Siempre intento esquivarlas. Hago todo lo posible por esquivarlas.

La hormiga de ahora, se bajó de mi pie y hizo lo mismo con el otro pie, lo circundó, y después bajó. Miré la dirección que llevaba, pero se perdió de mi vista, fue a esconderse a algún lugar de debajo de la cama.

No entendía cómo una hormiga caminaba por mi cuarto como si nada. Debían haber algunas migajas en el piso, pensé, y la hormiga, se vio fuertemente atraída por la sacarosa, y bueno, que más remedio. La hormiga, en definitiva no estaba a la vista, y no hice nada por intentar buscarla, me daba pereza.

Estaba sentado a los pies de la cama y por mi proximidad a la almohada, no era de extrañar que terminara recostándome definitivamente, me sentía cansado.

Bajo la vista en dirección a mis pies, y una larga fila de hormigas empezaron a atravesar mis zapatos. La larga fila venía desde la puerta que está a mi izquierda y que da a un pequeño recorte de la casa, que sirve de filtro entre los cuartos, el baño, y la puerta del hall; las puertas se superponen de manera que quedan enfrentadas formando un cuadrado. Así, que podían haber venido de cualquiera de los cuartos.

Las hormigas circundan alrededor de mis zapatos y se dirigen bajo la cama. No sé qué me molestaba más, si que tantas hormigas hicieran exactamente el mismo recorrido como lo había hecho la primer hormiga (y por ello, la única hormiga que se ganaba mi respeto), o que tantas hormigas estuvieran en mi cuarto.

Pasó por mi cabeza la posibilidad de pararme y empezar a pisotearlas a todas, dejando un marco, espantoso y para nada alentador, de un montón de cuerpecitos negros, mutilados a los pies de la cama. Pero enseguida recordé un documental sobre hormigas, que había visto en la televisión, y que decía que las hormigas no pueden ver, son ciegas, y se desplazan a través de su olfato; van dejando pequeñas gotitas (invisibles para nuestros ojos) en el camino, y con eso, le van marcando el camino a las otras hormigas. El relato narrado en el documental me llenó de ternura. Me era imposible hacerme a la idea de poder matar a esos pobres animalitos, que además eran ciegos. “Son ciegos”, repetí en voz alta. Me llenaba de ternura ver la imagen que se llevaba a cabo a mi costado: las hormigas transportaban pequeños objetos sobre sus lomos; se representaba en mi cabeza la idea de que los egipcios habían hecho un trabajo parecido, cargando inmensas piedras sobre sus espaldas, como lo hacen ahora las siete u ocho que caminan rumbo a la cama, cargando con un cepillo de dientes. “¡Cómo…!”, me sorprendí; “¡¿… de dónde, por qué?!”, grité. No le encontraba explicación. ¿Cómo esas hormigas, podían cargar con mi cepillo de dientes? Lentamente fueron desapareciendo bajo la cama, y con ellas, mi cepillo de dientes. Me paré a un costado de la cama, y miraba indignado cómo hacían su trabajo. Al rato, casi enseguida, apareció otra fila de hormigas, cargando con el tapón de la pasta de dientes. “No esto no puede ser”, dije, con más indignación que mal humor. “Estas hormigas vienen del baño, y yo no puedo quedarme de brazos cruzados”, dije en voz alta, mirándolas, pero ninguna me miró ni detuvo su marcha, ni siquiera creo que me hayan escuchado. Fui rápido hacia el baño. Esquivé con dificultad otra fila de hormigas que cargaban con el tubo de la pasta de dientes (sin la tapita). El tubo estaba casi nuevo, lo había comprado ayer, eso me disgustó bastante. Atravesé el pequeño espacio que comunica a los cuartos, y que también da al hall, y vi como por el filo de la puerta entreabierta del baño, cargaban con un rollo de papel higiénico. Ya mi estado de impaciencia parecía explotar, me iban a dejar sin nada. Abrí la puerta con furia, y vi que salían del interior del inodoro. “No puede ser. Hormigas que salgan de abajo del agua, no puede ser”, repetí indignado. Miro con atención cómo parecen dar círculos en el orificio del inodoro. Flotan, me pareció ver a alguna chapotear con las patitas, pero no estoy tan seguro. Cuando se cansaban de jugar en el agua, salían del inodoro. Trepaban sin dificultad, y finalmente, después de caminar alrededor de la tapa del inodoro, bajaban y rumbeaban hacia mi cuarto.

Pensé en tirar de la cisterna, pero quizás eso generara un desajuste en el desagüe, que de seguro estaría atestado de hormigas. Lo mejor era llamar a un sanitario. Volví al cuarto. Esquivé las largas filas de hormigas que se movían en zigzagues. Intenté mover la cama para ver si debajo había un hormiguero, pero mi cama estaba muy pesada. Era extraño. Por lo general, casi diariamente, aparto la cama de la pared, para poder barrer bien y nunca tuve problemas. Ahora, me era imposible hacer cualquier desplazamiento. Me puse en cuclillas y intenté mirar bajo la cama, pero estaba todo muy obscuro, sólo veía reflejos extraños, tenía la misma sensación que me da cada vez que miro fijo al sol, quedo como encandilado, pero en este caso era todo lo contrario, quedaba encandilado por la obscuridad. Eso sí que era raro.

Decidí que lo mejor era echarme en el piso e intentar ver qué era lo que hacían las hormigas ahí abajo. Me tiré en el piso de madera, me puse de costado, estaba muy incómodo. Intenté poner la cabeza bajo la cama, pero no entraba, y, además, no lograba ver nada, sólo escuchaba el rumor de algo parecido a un enjambre de abejas. Era el mismo ruido, ese tipo de ronroneo que hacen cuando están alrededor del panal. Recordé que en la cocina tenía una linterna. Lo mejor era ir hacia allí y traerla. Me paré, levanté las piernas, y esquivé la fila de hormigas que parecían engrosarse, más, y más, y más. Al atravesar el hall, descubrí otra fila de hormigas que salían del baño, estas cargaban con pedacitos de papel higiénico, y se perdían por debajo de la puerta de calle. Hago lo imposible por no pisarlas. Son muchas, siento y tengo la certeza que la situación se me está yendo de las manos. Voy a necesitar ayuda, pensé, y caminé rumbo a la cocina, en busca de la linterna.

final de la primera entrega

Eduardo Aguirre

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Feb 02

Deseo presentarles a un nuevo loquito que a partir de ahora compartira este espacio virtual con todos nosotros.

Su nombre es Eduardo Aguirre, un muy buen escritor y gran amigo, nace un 13 de abril de 1979 en la ciudad de Montevideo.

Eduardo Aguirre

A fines del año 2006 publica  su libro titulado “El último canalla”.

el último canalla

Nos dejará uno de sus relatos en el próximo post.

Espero puedan disfrutarlo.

Alejandro Barrios

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