Bienvenida a un nuevo loquito Las hormigas (segunda y última entrega)
Feb 02

Foto de Mario Levrero

Foto de Mario Levrero

La hormiga comenzó a treparse por mi pie izquierdo. Se trepó a un costado, y en vez de atravesar mi zapato, comenzó a caminar por todo su alrededor. Me quedé quieto. En ningún momento pasó por mi cabeza la idea de aplastarla, era una hormiga de esas que llaman trabajadoras, y quizás por eso me daba lástima matarla.

Cada vez que camino por algún sendero, o la vereda, voy esquivando las filas de hormigas que se atraviesan en mi camino, formando zigzagues, llevando pedacitos pequeños de pasto. Siempre intento esquivarlas. Hago todo lo posible por esquivarlas.

La hormiga de ahora, se bajó de mi pie y hizo lo mismo con el otro pie, lo circundó, y después bajó. Miré la dirección que llevaba, pero se perdió de mi vista, fue a esconderse a algún lugar de debajo de la cama.

No entendía cómo una hormiga caminaba por mi cuarto como si nada. Debían haber algunas migajas en el piso, pensé, y la hormiga, se vio fuertemente atraída por la sacarosa, y bueno, que más remedio. La hormiga, en definitiva no estaba a la vista, y no hice nada por intentar buscarla, me daba pereza.

Estaba sentado a los pies de la cama y por mi proximidad a la almohada, no era de extrañar que terminara recostándome definitivamente, me sentía cansado.

Bajo la vista en dirección a mis pies, y una larga fila de hormigas empezaron a atravesar mis zapatos. La larga fila venía desde la puerta que está a mi izquierda y que da a un pequeño recorte de la casa, que sirve de filtro entre los cuartos, el baño, y la puerta del hall; las puertas se superponen de manera que quedan enfrentadas formando un cuadrado. Así, que podían haber venido de cualquiera de los cuartos.

Las hormigas circundan alrededor de mis zapatos y se dirigen bajo la cama. No sé qué me molestaba más, si que tantas hormigas hicieran exactamente el mismo recorrido como lo había hecho la primer hormiga (y por ello, la única hormiga que se ganaba mi respeto), o que tantas hormigas estuvieran en mi cuarto.

Pasó por mi cabeza la posibilidad de pararme y empezar a pisotearlas a todas, dejando un marco, espantoso y para nada alentador, de un montón de cuerpecitos negros, mutilados a los pies de la cama. Pero enseguida recordé un documental sobre hormigas, que había visto en la televisión, y que decía que las hormigas no pueden ver, son ciegas, y se desplazan a través de su olfato; van dejando pequeñas gotitas (invisibles para nuestros ojos) en el camino, y con eso, le van marcando el camino a las otras hormigas. El relato narrado en el documental me llenó de ternura. Me era imposible hacerme a la idea de poder matar a esos pobres animalitos, que además eran ciegos. “Son ciegos”, repetí en voz alta. Me llenaba de ternura ver la imagen que se llevaba a cabo a mi costado: las hormigas transportaban pequeños objetos sobre sus lomos; se representaba en mi cabeza la idea de que los egipcios habían hecho un trabajo parecido, cargando inmensas piedras sobre sus espaldas, como lo hacen ahora las siete u ocho que caminan rumbo a la cama, cargando con un cepillo de dientes. “¡Cómo…!”, me sorprendí; “¡¿… de dónde, por qué?!”, grité. No le encontraba explicación. ¿Cómo esas hormigas, podían cargar con mi cepillo de dientes? Lentamente fueron desapareciendo bajo la cama, y con ellas, mi cepillo de dientes. Me paré a un costado de la cama, y miraba indignado cómo hacían su trabajo. Al rato, casi enseguida, apareció otra fila de hormigas, cargando con el tapón de la pasta de dientes. “No esto no puede ser”, dije, con más indignación que mal humor. “Estas hormigas vienen del baño, y yo no puedo quedarme de brazos cruzados”, dije en voz alta, mirándolas, pero ninguna me miró ni detuvo su marcha, ni siquiera creo que me hayan escuchado. Fui rápido hacia el baño. Esquivé con dificultad otra fila de hormigas que cargaban con el tubo de la pasta de dientes (sin la tapita). El tubo estaba casi nuevo, lo había comprado ayer, eso me disgustó bastante. Atravesé el pequeño espacio que comunica a los cuartos, y que también da al hall, y vi como por el filo de la puerta entreabierta del baño, cargaban con un rollo de papel higiénico. Ya mi estado de impaciencia parecía explotar, me iban a dejar sin nada. Abrí la puerta con furia, y vi que salían del interior del inodoro. “No puede ser. Hormigas que salgan de abajo del agua, no puede ser”, repetí indignado. Miro con atención cómo parecen dar círculos en el orificio del inodoro. Flotan, me pareció ver a alguna chapotear con las patitas, pero no estoy tan seguro. Cuando se cansaban de jugar en el agua, salían del inodoro. Trepaban sin dificultad, y finalmente, después de caminar alrededor de la tapa del inodoro, bajaban y rumbeaban hacia mi cuarto.

Pensé en tirar de la cisterna, pero quizás eso generara un desajuste en el desagüe, que de seguro estaría atestado de hormigas. Lo mejor era llamar a un sanitario. Volví al cuarto. Esquivé las largas filas de hormigas que se movían en zigzagues. Intenté mover la cama para ver si debajo había un hormiguero, pero mi cama estaba muy pesada. Era extraño. Por lo general, casi diariamente, aparto la cama de la pared, para poder barrer bien y nunca tuve problemas. Ahora, me era imposible hacer cualquier desplazamiento. Me puse en cuclillas y intenté mirar bajo la cama, pero estaba todo muy obscuro, sólo veía reflejos extraños, tenía la misma sensación que me da cada vez que miro fijo al sol, quedo como encandilado, pero en este caso era todo lo contrario, quedaba encandilado por la obscuridad. Eso sí que era raro.

Decidí que lo mejor era echarme en el piso e intentar ver qué era lo que hacían las hormigas ahí abajo. Me tiré en el piso de madera, me puse de costado, estaba muy incómodo. Intenté poner la cabeza bajo la cama, pero no entraba, y, además, no lograba ver nada, sólo escuchaba el rumor de algo parecido a un enjambre de abejas. Era el mismo ruido, ese tipo de ronroneo que hacen cuando están alrededor del panal. Recordé que en la cocina tenía una linterna. Lo mejor era ir hacia allí y traerla. Me paré, levanté las piernas, y esquivé la fila de hormigas que parecían engrosarse, más, y más, y más. Al atravesar el hall, descubrí otra fila de hormigas que salían del baño, estas cargaban con pedacitos de papel higiénico, y se perdían por debajo de la puerta de calle. Hago lo imposible por no pisarlas. Son muchas, siento y tengo la certeza que la situación se me está yendo de las manos. Voy a necesitar ayuda, pensé, y caminé rumbo a la cocina, en busca de la linterna.

final de la primera entrega

Eduardo Aguirre

One Response to ““Las hormigas” (primera entrega)”

  1. Eduardo: ¿Qué puedo decirte ? Sencillamente genial.
    Te felicito por tu capacidad de relatar, de imaginar, y transmitir una historia que podría parecer tan insignificante y, o, molesta para algunos. La haces fabulosa, e interesas al lector , al punto de dejarlo enganchado para la próxima entrega.
    ¡Estaré expectante!
    Me encanta que seas parte de Un loquito y pueda leerte.
    gracias por tu entrega.
    un abrazo

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