Al llegar a la cocina la situación no se podría decir que estaba mejor; había decenas, cientos de hormigas, formando filas de caminos, que muchas veces se rozaban, pero que nunca se cruzaban uno con el otro.
Todas las hormigas cargaban con pequeños trozos de azúcar. El azúcar estaba húmeda. Se habían formado pequeños bloques dentro del frasco. El frasco de azúcar estaba caído al piso, y las hormigas cargaban con esos bloques.
Me llamó la atención que un grupo de hormigas cargara con unos bultos negros tan grandes como ellas sobre sus lomos. Me puse en cuclillas y observé con mayor detenimiento. Las hormigas esas, que no serían más de cinco o seis, y diseminadas por distintos lados, cargaban trabajosamente con otras hormigas sobre sus lomos –esto también me hizo recordar ese documental en que mostraban cómo las hormigas cargaban con las hormigas muertas, sacándolas del hormiguero o de las inmediaciones del hormiguero, para que no se produjeran futuras infecciones que afectaran su hábitat; La verdad es que había quedado impresionado con eso. Pero lo que más me había impresionado era esa “humanidad” de las hormigas, que a pesar de que de alguna manera deshacerse de los cadáveres no era un acto tan “humano”, lo hacían de la forma menos violenta posible, y todo lo hacían en pos de esa gran comunidad.
Sabía que en algún sitio estaba la linterna, pero no recordaba con exactitud dónde. Las hormigas se encontraban por todos lados, y la mayoría, con sus trozos de azúcar a cuestas se dirigían bajo la mesada; posiblemente allí habría algún agujero que comunicara directamente con el hormiguero.
Mi cabeza parecía estar en otro sitio, parecía que no llegaba a ser consciente del todo de lo grave de la situación, de lo grave de que la casa, una casa bastante nueva, fuera totalmente tomada por miles y miles de hormigas. Había sin duda un acto inconsciente de mi parte, un acto que no me permitía ver las cosas como son, como se estaban dando. Era consciente de que mi pasividad asqueante no me llevaría a ningún lado, pero otra parte mía me decía que no podía hacer nada, que no podría ponerme como loco y empezar a pisotear a todas las hormigas que estuvieran en mi camino, y que tampoco tenía (todavía) el valor suficiente para llamar a alguien para que se encargara de eso. Ahora, en lo único que pensaba era en la linterna, y ver que es lo que había debajo de mi cama, esa era mi mayor preocupación.
Dar con la linterna fue una empresa difícil. Tenía una vaga idea que la había dejado bajo la mesada, pero me producía cierto temor encontrarme con un panorama de hormigas que excedieran los límites de mi imaginación. Sin duda estaba asustado. Algo me decía que debía salir de la casa y buscar ayuda, pero mi ex mujer siempre me decía que yo era un exagerado, que me gustaba hacerme el mártir, y esos factores en mi personalidad, habían contribuido en gran medida para que me dejara. La última vez que estuvo en casa, entre uno de sus tantos insultos me gritó que era un miedoso, y que nunca podía hacer algo por mí mismo –lo cual en gran medida no está tan alejado de la realidad, pero no era necesario que me lo gritara de esa manera, y más en presencia de muchos vecinos que estaban afuera y que fueron testigos de privilegio de los ataques de mi ex mujer un domingo por la tarde. Toda esa situación había generado en mí un autoencierro, una autodependencia que no era del todo saludable. Recordaba las palabras de mi mujer y pensaba que ella tenía razón, que simplemente yo era un fracasado y no podía seguir pidiéndole favores a los demás; tenía que hacer las cosas por mí mismo y nada más, y esta era una buena oportunidad; enfrentar a las hormigas de la forma más digna posible, sin caer en la ayuda de algún exterminador, era todo un reto para mí, y creo que a esta altura para cualquiera.
La puerta de la mesada estaba en perfectas condiciones, no mostraba signos de que detrás de esa puerta ocurriera algo extraño. Cuando la abrí de forma lenta porque tenía temor a que alguna hormiga me saltara en la cara, me encontré con cientos de hormigas que caminaban a lo largo del caño del desagüe de la pileta. Caminaban sin cargar nada sobre sus lomos. Se metían en los distintos pliegues de la tubería de pvc que estaba incrustada a la pared, donde por un mínimo espacio libre entre la pared y el caño era por el cual pasaban, saliendo de la casa.
La linterna debía de estar debajo de la mesada, cerca de la garrafa de gas. Mi posición no era del todo cómoda; tenía que mantenerme en cuclillas, estirando el brazo por detrás de la garrafa, que era el lugar en donde había visto por última vez a la linterna. Después de uno o dos minutos de esfuerzo, de estirar el brazo y arrastrar la mano por toda la pared de la mesada y por la parte de la garrafa que quedaba contra la pared, encontré la linterna. La sensación de encontrarla me llenó de orgullo, era como si el acto fuera de lo más valiente que hubiera hecho. Probé la linterna y funcionaba, ahora sí, me dije, y fui rumbo al cuarto. Estaba muy ilusionado con encontrar el hormiguero, pero tampoco tenía muy claro que iba a hacer con él uno vez encontrado.
Cuando llegué al cuarto me encontré con la grata sorpresa de no ver movimiento de hormigas por ningún lado. Salí y fui hacia el baño a hacer una breve visita, quería corroborar que las hormigas no se hubieran escondido en alguna parte, pero me encontré con tan solo una decena de hormigas que parecían perdidas, y caminaban de forma confusa.
Las hormigas del baño parecían distintas a las del resto de la casa, no sé, fue más que nada una sensación. Coloqué mi mano en el piso, formando una pendiente en el camino de las hormigas, hasta que una se trepó y juro que me pareció de un color distinto, un color verdoso, muy obscuro. La hormiga empezó a dar vueltas alrededor de mi mano, hasta que siguió subiendo por mi antebrazo, y ahí, otra vez coloqué mi mano en el suelo, facilitándole el descenso. Pero más allá de eso, no podría destacar nada más. Me parecía una hormiga de lo más inofensiva.
En el cuarto, no veía ninguna hormiga cerca, pensé que todas estarían escondidas bajo la cama –aunque escondidas no crea que sea la palabra adecuada, ya que en ningún momento se escondieron de mí, es más, su actitud era totalmente indiferente, prácticamente me ignoraban, parecía que mi presencia no les generaba ningún peligro. Una vez leí un relato sobre unas hormigas, en el que decía que solo ven a distancias cercanas, muy cercanas, como si vieran en otra dimensión. Ese relato difería un poco del documental que había visto en la televisión, y no sabía qué pensar, cualquiera de las dos versiones me parecían muy serias, y me desconcertaba aún más el concepto creado ante estos animales.
En el cuarto, linterna en mano, me tiré al piso y apunté bajo la cama, el lugar donde se habían estado escapando de mi vista. Pero esta vez no vi nada ni escuché nada, o mejor dicho, no vi nada de raro, apenas un par de zapatos, el control remoto, y la tapa de la pasta de dientes. El sonido parecido al enjambre de abejas no se escuchaba. Todo lucía normal, lo cual me generó una confusión mayor. Ya ponía en tela de juicio si lo que había vivido hasta el momento no era una pesadilla de la cual me despertaba.
Con el foco de la linterna buscaba algún indicio de que hubiera hormigas en cualquier lado. Pero la linterna tanto no me ayudaba. Esta vez volví a intentar mover la cama, quizás, en una de esas podría correr la cama de lugar, quien sabe.
La cama finalmente cedió. Sí, no opuso resistencia como lo había hecho en un principio. Aparté la cama de la pared, como lo hacía habitualmente para limpiar debajo y no vi absolutamente nada. No había hormigas, no había hormiguero, ni nada que me hiciera pensar en uno. Apenas distinguí un pequeño orificio en el piso a la altura del centro de la cama. El orificio es muy pequeño, y dudo que alguna hormiga pase por allí. Pero nunca se sabe con las hormigas. Me volví a tirar al piso y puse mi cabeza muy cerca del orificio para intentar ver algo; pero el orificio era muy pequeño, tan pequeño que me era imposible ver algo; era como si intentara ver por el agujero de un colador, de esos que usan para colar el té. Saqué los zapatos del piso, levanté el control remoto que lo buscaba desde ayer y llevé la tapa de la pasta de dientes al baño. Aproveché para barrer bajo la cama. Desde el orificio no notaba ningún movimiento. Quizás ese orificio sería posiblemente el camino hacia un hormiguero que estuviera a un nivel subterráneo, cercano a los cimientos de la casa. Ahora, no veía ninguna hormiga en ningún rincón, parecía que hubieran desaparecido por arte de magia. El único indicio que encontraba de que alguna vez hubo hormigas era en la cocina, donde el frasco de azúcar seguía tirado en el piso, hecho añicos, pero sin restos de azúcar en ningún lado. Todo me desconcertaba. Pensé olvidarme de las hormigas e ir a descansar un poco. Desde hacía horas que estaba postergando la hora de irme a acostar. Con el cuarto en orden, y sin ganas de nada, me tiré en la cama, vestido, sobre las mantas, ni siquiera me saqué los zapatos, y rápidamente me quedé dormido.
No sé cuantas horas habré dormido, pero siempre tuve la sensación de estar escuchando el quejido de algún pájaro. Soñé además con mi gata, que no veía desde ayer.
En el sueño me encontraba con la gata que estaba acostada en un rincón de mi antiguo trabajo (una librería), donde la encargada del lugar me enseñaba que la gata estaba en perfectas condiciones, y que había dado a luz con normalidad; cosa que me extrañó, ya que la gata estaba castrada, y era imposible que tuviera cría. Mi gata siempre tuvo serios problemas de salud, más que nada problemas en el aparato respiratorio, lo cual nunca permitió que se terminara de desarrollar, quedándose bastante enana. Una vez quedó embarazada y la veterinaria me había advertido que debido a su enfermedad respiratoria, lo más probable fuera que no soportara el parto, cosa que hizo; pero toda su cría se murió, algunos gatitos nacieron hasta deformes, y murieron a los pocos días, ninguna de sus cinco crías se salvaron, por eso, inmediatamente decidí castrarla. Así, que era imposible que la gata estuviera embarazada, pero en los sueños no hay imposibles; la encargada de la librería me enseñaba a la gata que estaba acostada sobre un colchón, amamantando a sus crías; una, era un hermoso gatito de color blanco y negro, y pegado a ese gatito, había una libélula gigante, tan grande como el gatito, pero alargada y verdosa, con los ojos saltones.
La libélula me llenó de asco, más que nada cuando la agarré instintivamente pensando que era otra cosa, no lo sé… pero el reflejo fue tal que me hizo soltarla cayéndose al piso. Volví a poner a la libélula con su madre y al rato me desperté bastante preocupado.
No entendía la relación de la libélula con las hormigas, pero la verdad es que me había despertado en la madrugada por esa pesadilla, y sintiendo una incomodidad en la cama, como cuando uno pasa muchas horas acostado y le empiezan a doler todos los huesos. A medida que iba dejando ese estado de vigilia tan especial que lo dejan a uno hipersensible una vez salido de los sueños —–como si en ese estado los sentidos se agudizaran, y uno percibiera cosas que nunca percibe, porque parece entrar en otra dimensión, es como si por unos minutos quedara abierta una puerta hacia otra dimensión, y durante esos minutos, uno llega a sensibilizarse de tal manera que es imposible ver la realidad tal cual es, y uno piensa que la realidad es eso, es ese estado de vigilia y que todo lo demás es secundario—- me encontraba con la sensación de que me estaba hundiendo en la cama, como si algo o alguien ejerciera una fuerza en el centro de la cama y fuera succionándome hacia abajo. La sensación duró varios minutos, minutos en los cuales sentía que perdía la fuerza, y en mi cabeza flotaba una imagen que por más que hiciera un intento por borrarla no podía. Esa imagen se había apoderado de mi mente, y en la imagen veía a la libélula comerse al gatito blanco y negro, y comerse a mi gata; la libélula parecía dirigir ahora a un centenar de hormigas, parada sobre un estrado, sacudiendo la batuta, dándoles órdenes a las hormigas de que atacaran. Tuve que hacer más que un esfuerzo importante para sacar a la libélula de mis pensamientos. Cuando fui dejando ese estado de semi vigilia, me fui dando cuenta que la sensación de que me hundía en el colchón no había desaparecido, al contrario, se había acrecentado en intensidad. Ladeaba mi cuerpo para un lado y otro pero no tenía fuerza para desprenderme de esa sensación; mi cuerpo se iba hundiendo, como tragado por arenas movedizas. Por más fuerza que hiciera no podía reaccionar, no podía modificar nada de lo que me pasaba, estaba siendo tragado por la cama. Intenté gritar, pero el colchón y las mantas ejercían una fuerza tal sobre mi esternón que me era imposible gritar, o hablar, mi diafragma parecía totalmente comprimido, poco a poco me quedaba sin aire. Veía apenas una gruesa porción de luz, y el resto era el interior del colchón, los resortes, el polifón, las mantas, y poco a poco la obscuridad. La fuerza era brutal, y me tragaba y no había forma de pararla. Tenía ganas de gritar, de salirme de ese encierro, pero apenas podía respirar. Por un segundo vi que me encontraba bajo la cama, rodeado de millones de hormigas que surcaban todo mi cuerpo y me arrastraba hacia un orificio gigante. Una decenas de imágenes pasaban por mi cabeza, acompañadas de los mismos quejidos que había sentido en el sueño de mi gata, en el cual escuchaba a un pájaro quejarse; las imágenes me enseñaban un camino subterráneo, lleno de cuevas, parecidas a catacumbas, mi cuerpo era arrastrado por miles y miles de hormigas, todas debajo de mi cuerpo, cargándome hacia un altar donde se encontraba la libélula, de ojos desorbitados, de colmillos gigantes, esperándome para ser devorado, tenía las patas delanteras de tal manera que parecía rezar; las hormigas me acercaban a la libélula, y yo no tenía fuerza, solo me dejaba llevar, mis miembros estaban totalmente inmovilizados. Cuando finalmente las hormigas me dejaron frente a ella, la libélula abrió grande sus fauces y comenzó a vomitar una figura humana, que a medida que iba saliendo de su boca, el cuerpo iba tomando forma bajo toda una capa viscosa; la figura tenía forma de mujer, era mi ex mujer, que me sonreía y me decía, “Te estábamos esperando”, y comenzó a reírse con fuerza a medida que se desnudaba, mientras yo seguía sin poder moverme, con todos los músculos endurecidos; ella se desnudaba y se colocaba sobre mí; mi quitaba el pantalón y empezaba a menearse sobre mi cuerpo, sobre mi pubis, buscando el orgasmo, hasta que empezó a gritar, y a gritar desaforadamente, abriendo grande la boca, enseñándome unos incipientes colmillos que se le abrían paso, bajando su cabeza hacia mí, buscando mi yugular; cuando finalmente acercó su boca a mi cuello, y después de un leve pellizco con sus dientes, me clavó los colmillos en la yugular, y ahí, recién ahí pude gritar, y grité tanto que me desperté totalmente sudado y agitado sobre la cama. Noté además, que tenía una leve erección. Me levanté y fui hacia el baño a enjuagarme la cara, eran las primeras horas de la mañana.
Mi cara lucía demacrada, hacía tiempo que no tenía una de esas pesadillas; a medida que pasaban los minutos la erección fue perdiendo fuerza.
Fui camino al cuarto y me senté en los pies de la cama. Me estaba recuperando todavía del sueño, hasta que sentí algo en mi zapato. Era una hormiga. La hormiga comenzó a treparse por mi pie izquierdo. Se trepó a un costado, y en vez de atravesar mi zapato, comenzó a caminar por todo su alrededor. Me quedé quieto. En ningún momento pasó por mi cabeza la idea de aplastarla, era una hormiga de esas que llaman trabajadoras, y quizás por eso me daba lástima matarla.
Eduardo Aguirre
*Texto incluido en El último canalla

Muy bueno Eduardo!!! Fue la primera vez que leía algo tuyo… bastante “demorona”, no? Teniendo a Ale que tiene tu libro! Pero fue una buena experiencia conocerte aquí como escritor! Sin duda, ahora voy a ir por el libro. Felicitaciones y saludos!!!
cada línea te atrapa. y el giro final no me lo esperaba…eso lo hace genial!!!
muy, muy bueno y se disfruta.
una mezcla de genialidad y locura, como debe ser.
espero sigas entregando estos maravillosos relatos.
un abrazo.
Simplemente genial!
Esperando más entregas tuyas Eduardo!