
La familia llegó temprano. Se veían como pocas veces antes, unidos, sonrientes, sin conflictos. Todo parecía anormal.
El aroma que llegaba de la cocina era un placer, podía distinguir claramente el pollo en el horno y las ensaladas comenzaban a aparecer por la mesa.
De repente algo cambió el perfecto ambiente que como pocas veces vivía. Las explosiones me aturdieron, rapidamente me escondí bajo la mesa, y la perra me observaba invitándome a protegerla, le dí un abrazo y sentí que el lugar se venía abajo. Los gritos eran ensordecedores, todos se movían a gran velocidad, gritaban mi nombre pero estaba tan aterrado que ni siquiera podía moverme.
Desde abajo de la mesa lograba ver el reflejo en unos vidrios y en ellos las explosiones de la calle, el olor a pollo había desaparecido y la polvora ganaba todos los ambientes.
Sentí temor, pánico, horror y deseos de morir. Decidí que no era un buen lugar para permanecer y preferí huir, la perra me observaba con ojos aún más temerosos y aullaba mientras me veía salir corriendo.
En el camino fui tomado por las axilas y llevado al aire como si realmente no pesara nada, el menor de mis tios reía mientras me llevaba, y yo temblaba en sus brazos.
La puerta estaba abierta y daba a un gran y oscuro corredor, veía sombras que se movían, todas en dirección a la calle, nosotros las seguimos.
No podía parar de temblar, sentía frío y las voces de todos eran cada vez más lentas y graves, bajamos las escaleras y nos encontramos con la puerta de calle, algunos vecinos estaban allí, entre gritos y abrazos comenzaba a confundir a mis familiares con mis vecinos.
Una explosión cerca nuestro causó un gran desequilibrio y mi tío me dejó en el suelo, mis ojos estaban llenos de lágrimas y quería huir, la guerra nos rodeaba, gritos, llantos, explosiones. Era el fin del mundo como lo conocía.
En ese momento se acercó Alberto, el vecino del primer piso. -Feliz Navidad!! – Dijo. Mientras mi tío traía una bengala encendida para mí, comencé a llorar.
