En el momento en que lo decidí tenía frío, ordenaba papeles en un viejo escritorio de la oficina en donde trabajo y esperé el momento justo para atacar, cuando mi instinto me lo sugirió tomé la señal (no sin antes vacilar, como siempre sucede ante cosas instintivas)
Rápidamente llegué a la cocina, tomé la taza de vidrio color azul, bastante extraña en su forma, parecía una especie de taza de café como las que sirven en los bares, solo que en esta se podía servir un café de 300 ml.
Imaginen el tamaño que tenía.
Abrí un sobre de café y lo vertí dentro, luego el azúcar comenzaba a mirarme, podía sentir su deseo, estaba allí conmigo, a mi lado, esperando por mí, solo tenía que actuar para que ambos lográramos satisfacer nuestros deseos; como la mayoría de las veces puse lo que consideraba necesario (que ya era suficiente), y un poco más “por las dudas”.
El agua estaba en la caldera y solo serían necesarios 5 minutos, 5 minutos más y lo saborearía, descubriendo una vez más el mágico sabor de un café en otoño, mirando por la ventana como los abrigos cubren a las personas.
La taza esperaba por mí. En ese momento de contemplación y reflexión escuché el molesto grito invadiendo la oficina por completo, sonaba como si unos parlantes ocultos se ubicaran por distintos lugares del inmueble. La Directora del estudio gritaba incansable – ¡¡¡¡¡ALEEeEeee!!!! – de forma muy atrevida. Imaginé que una vez más, y como siempre sucede, quería saber cómo se utiliza el micrófono en el msn o cuál es la mejor forma para que los hackers que “a ella le quieren robar información” no descubran que su único propósito en la tierra es vender unos inútiles bonos del tesoro brasileños.
El segundo grito no se hizo esperar, – ¡¡¡Aleee!!! – mi furia estalló, recorrí rápidamente los pocos metros que separaban la cocina del escritorio con una velocidad tal, que parecía que me había quemado con el agua que tanto deseaba para lograr la fusión con el café.
Al entrar descubrí que todos mis demonios eran reales, un problema con la computadora. Otra vez.
-Por qué me dice esto? – preguntó con tono molesto y mirada desorbitada como si de una advertencia de la NASA sobre el fin de los días a causa de un impacto con un gran meteorito se tratara.
-No sé – respondí.
-Te podés fijar? – Insistió con un gran sufrimiento en su voz que comenzaba a generarme placer.
-Dejame ver, hace click ahí. Sí, donde dice actualizar Antivirus. -
-Nada más?
-Solo te queda esperar a que termine. No era tan difícil. No? – Respondí
-Tá! Andá a seguir con lo que estabas. Mirá que tenés unos cuantos lugares más para ir, te faltan los bancos, así que metele, dejate de estar dando vueltas – recomendó con tono venenoso.
- De nada – Respondí, pensando en el lugar por el que me pasaba las palabras de recomendación.
Solucionado el percance vuelvo sobre “mi” dilema original, la taza de café. Paciente, fiel, compañera, casi domesticada como en una secuencia de cine mudo, se sostiene sobre si misma apoyando su peso en la mesa de mármol, pretendiendo ser útil, pero con una sola acción posible, esperarme.
Siento sonar el interno, mi compañera levanta el tubo y solo responde, “ya va” mientras dirige una mirada hacia mí. Fue casi una orden directa, tengo que ir al Registro Notarial y conseguir cierta información, la cual a esta hora ya no dan, pero tengo los contactos necesarios para obtenerla y encima sin pagar un solo peso, algo que jamás me será reconocido. Soy consciente de que no puedo tomar mi café en el ómnibus, así que mientras camino rumbo a la puerta miro sobre mi hombro izquierdo para dejarle ese recuerdo reflejado en ella misma, mi cara llena de lástima, nostalgia y deseo.
Emprendo el viaje por el ascensor y llego hasta la planta baja, en el recorrido varios de los vecinos de siempre me saludan y notan que mi cara tiene una expresión un poco desencajada. Una señora de unos 75 años me interroga y le respondo que estoy bien, que no se preocupe y que es normal tomando en cuenta el lugar en el que trabajo. Ella asiente con la cabeza y dice que extraña esos tiempos.
Si los extraña debió estar enamorada del jefe – pienso, ya que sería imposible extrañar a la oficina en la cual trabajo.
Espero el ómnibus y pago los $9 del boleto céntrico, camino hasta el fondo y me siento solo, contra la ventanilla, mirando hacia 18 de Julio y temblando lentamente a causa del frío que estoy sintiendo, ya que olvidé, en medio de la gran obsesión por mi café, el saco. Para aprovechar el tiempo del viaje comienzo a escribir un relato llamado “Consejos para ser un Dios”, pero la historia se centra en cosas que no pretendo escribir aquí; no puedo evitar esa taza de café en mi mente, ella esta ahí, gira y se hace presente. En el recorrido (desde 18 y Río Branco hasta 18 y Gaboto) paso por 2 sucursales de “Café Central” y son como puñaladas por todo el cuerpo, el mismo al que mi camisa es incapaz de abrigar e imagino el café recorriendo mi mundo interior, llevando sus casi 70º C por todo mi cuerpo, duplicando mi sensación de bienestar y dándole otra vez cierto color rosado a mis mejillas.
Entrando en el edificio de la Dirección General de Registros puedo ver en las miradas de las personas la curiosidad y la sorpresa intentando descubrir el secreto del muchacho de camisa en medio de este gran frío. El secreto es único y mío, el secreto es la taza de café esperando, tan presente en mi mente que siento su sabor en mis labios.
Subo por el ascensor y nadie más está conmigo, es extraño, seguramente llego tarde. Al abrirse la puerta en el piso número 3 veo la fila a lo largo de las escaleras, más de setenta personas están allí, algunos saludan, otros evitan mi mirada. Bajo dos pisos por la escalera y llego al primero, me dispongo a hacer la fila y tomo un libro del bolso, “De que hablamos cuando hablamos de amor” de Raymond Carver. Comienzo a leer para superar el tedio de los dos pisos de fila. La veo pasar y el libro desaparece por completo de mi mente, morocha, delgada, muy alta para ser mujer, cabello lacio y mirada seductora, se acerca mirándome directo a los ojos y me saluda
- Hola! – dijo mirando mis labios
- Hola! Cómo estás? – Pregunté tratando de mantener la línea de razonamiento intacta
- Bien! Precisás algo de acá? Voy para el tercero – Susurró en mi oído
- Tengo que retirar esto – dije mientras le mostraba el boleto del certificado
- Esperame en el subsuelo que te lo alcanzo – dijo mientras me dedicaba su sonrisa más sensual y conquistadora.
Evidentemente estaba rendido a los pies de esa mujer y ella era consciente de lo que generaba en mí; bajé los pisos restantes hasta el subsuelo y esperé mirando las ofertas en las tiendas de ropa. Nada que me convenciera, nada que lograra sacarla de mi mente.
Pocos minutos después, ella bajaba por la escalera mecánica con los papeles en la mano izquierda y el celular en la mano derecha. Al acercarse dijo – Son estos, está todo bien, ningún embargo ni nada -
- Gracias Andy, ahora tengo tiempo de sobra, imaginate todo lo que me ahorraste por no hacer esa fila – reflexioné en voz alta.
- Querés que tomemos algo mientras? – sugirió
-No tenés que trabajar? – pregunté
- Ya está, ya terminé – respondió ella
- Uff, entonces lo menos que puedo hacer es invitarte una Coca. Vamos?
- Dale!



