Feb 18

Taza de café

En el momento en que lo decidí tenía frío, ordenaba papeles en un viejo escritorio de la oficina en donde trabajo y esperé el momento justo para atacar, cuando mi instinto me lo sugirió tomé la señal (no sin antes vacilar, como siempre sucede ante cosas instintivas)

Rápidamente llegué a la cocina, tomé la taza de vidrio color azul, bastante extraña en su forma, parecía una especie de taza de café como las que sirven en los bares, solo que en esta se podía servir un café de 300 ml.

Imaginen el tamaño que tenía.

Abrí un sobre de café y lo vertí dentro, luego el azúcar comenzaba a mirarme, podía sentir su deseo, estaba allí conmigo, a mi lado, esperando por mí, solo tenía que actuar para que ambos lográramos satisfacer nuestros deseos; como la mayoría de las veces puse lo que consideraba necesario (que ya era suficiente), y un poco más “por las dudas”.

El agua estaba en la caldera y solo serían necesarios 5 minutos, 5 minutos más y lo saborearía, descubriendo una vez más el mágico sabor de un café en otoño, mirando por la ventana como los abrigos cubren a las personas.

La taza esperaba por mí. En ese momento de contemplación y reflexión escuché el molesto grito invadiendo la oficina por completo, sonaba como si unos parlantes ocultos se ubicaran por distintos lugares del inmueble. La Directora del estudio gritaba incansable – ¡¡¡¡¡ALEEeEeee!!!! – de forma muy atrevida. Imaginé que una vez más, y como siempre sucede, quería saber cómo se utiliza el micrófono en el msn o cuál es la mejor forma para que los hackers que “a ella le quieren robar información” no descubran que su único propósito en la tierra es vender unos inútiles bonos del tesoro brasileños.

El segundo grito no se hizo esperar, – ¡¡¡Aleee!!! – mi furia estalló, recorrí rápidamente los pocos metros que separaban la cocina del escritorio con una velocidad tal, que parecía que me había quemado con el agua que tanto deseaba para lograr la fusión con el café.

Al entrar descubrí que todos mis demonios eran reales, un problema con la computadora. Otra vez.

-Por qué me dice esto? – preguntó con tono molesto y mirada desorbitada como si de una advertencia de la NASA sobre el fin de los días a causa de un impacto con un gran meteorito se tratara.

-No sé – respondí.

-Te podés fijar? – Insistió con un gran sufrimiento en su voz que comenzaba a generarme placer.

-Dejame ver, hace click ahí. Sí, donde dice actualizar Antivirus. -

-Nada más?

-Solo te queda esperar a que termine. No era tan difícil. No? – Respondí

-Tá! Andá a seguir con lo que estabas. Mirá que tenés unos cuantos lugares más para ir, te faltan los bancos, así que metele, dejate de estar dando vueltas – recomendó con tono venenoso.

- De nada – Respondí, pensando en el lugar por el que me pasaba las palabras de recomendación.

Solucionado el percance vuelvo sobre “mi” dilema original, la taza de café. Paciente, fiel, compañera, casi domesticada como en una secuencia de cine mudo, se sostiene sobre si misma apoyando su peso en la mesa de mármol, pretendiendo ser útil, pero con una sola acción posible, esperarme.

Siento sonar el interno, mi compañera levanta el tubo y solo responde, “ya va” mientras dirige una mirada hacia mí. Fue casi una orden directa, tengo que ir al Registro Notarial y conseguir cierta información, la cual a esta hora ya no dan, pero tengo los contactos necesarios para obtenerla y encima sin pagar un solo peso, algo que jamás me será reconocido. Soy consciente de que no puedo tomar mi café en el ómnibus, así que mientras camino rumbo a la puerta miro sobre mi hombro izquierdo para dejarle ese recuerdo reflejado en ella misma, mi cara llena de lástima, nostalgia y deseo.

Emprendo el viaje por el ascensor y llego hasta la planta baja, en el recorrido varios de los vecinos de siempre me saludan y notan que mi cara tiene una expresión un poco desencajada. Una señora de unos 75 años me interroga y le respondo que estoy bien, que no se preocupe y que es normal tomando en cuenta el lugar en el que trabajo. Ella asiente con la cabeza y dice que extraña esos tiempos.

Si los extraña debió estar enamorada del jefe – pienso, ya que sería imposible extrañar a la oficina en la cual trabajo.

Espero el ómnibus y pago los $9 del boleto céntrico, camino hasta el fondo y me siento solo, contra la ventanilla, mirando hacia 18 de Julio y temblando lentamente a causa del frío que estoy sintiendo, ya que olvidé, en medio de la gran obsesión por mi café, el saco. Para aprovechar el tiempo del viaje comienzo a escribir un relato llamado “Consejos para ser un Dios”, pero la historia se centra en cosas que no pretendo escribir aquí; no puedo evitar esa taza de café en mi mente, ella esta ahí, gira y se hace presente. En el recorrido (desde 18 y Río Branco hasta 18 y Gaboto) paso por 2 sucursales de “Café Central” y son como puñaladas por todo el cuerpo, el mismo al que mi camisa es incapaz de abrigar e imagino el café recorriendo mi mundo interior, llevando sus casi 70º C  por todo mi cuerpo, duplicando mi sensación de bienestar y dándole otra vez cierto color rosado a mis mejillas.

Entrando en el edificio de la Dirección General de Registros puedo ver en las miradas de las personas la curiosidad y la sorpresa intentando descubrir el secreto del muchacho de camisa en medio de este gran frío. El secreto es único y mío, el secreto es la taza de café esperando, tan presente en mi mente que siento su sabor en mis labios.

Subo por el ascensor y nadie más está conmigo, es extraño, seguramente llego tarde. Al abrirse la puerta en el piso número 3 veo la fila a lo largo de las escaleras, más de setenta personas están allí, algunos saludan, otros evitan mi mirada. Bajo dos pisos por la escalera y llego al primero, me dispongo a hacer la fila y tomo un libro del bolso, “De que hablamos cuando hablamos de amor” de Raymond Carver. Comienzo a leer para superar el tedio de los dos pisos de fila. La veo pasar y el libro desaparece por completo de mi mente, morocha, delgada, muy alta para ser mujer, cabello lacio y mirada seductora, se acerca mirándome directo a los ojos y me saluda

- Hola! – dijo mirando mis labios

- Hola! Cómo estás? – Pregunté tratando de mantener la línea de razonamiento intacta

- Bien! Precisás algo de acá? Voy para el tercero – Susurró en mi oído

- Tengo que retirar esto – dije mientras le mostraba el boleto del certificado

- Esperame en el subsuelo que te lo alcanzo – dijo mientras me dedicaba su sonrisa más sensual y conquistadora.

Evidentemente estaba rendido a los pies de esa mujer y ella era consciente de lo que generaba en mí; bajé los pisos restantes hasta el subsuelo y esperé mirando las ofertas en las tiendas de ropa. Nada que me convenciera, nada que lograra sacarla de mi mente.

Pocos minutos después, ella bajaba por la escalera mecánica con los papeles en la mano izquierda y el celular en la mano derecha. Al acercarse dijo – Son estos, está todo bien, ningún embargo ni nada -

- Gracias Andy, ahora tengo tiempo de sobra, imaginate todo lo que me ahorraste por no hacer esa fila – reflexioné en voz alta.

- Querés que tomemos algo mientras? – sugirió

-No tenés que trabajar? – pregunté

- Ya está, ya terminé –  respondió ella

- Uff, entonces lo menos que puedo hacer es invitarte una Coca. Vamos?

- Dale!

Continuará…

Alejandro Barrios

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Sep 09

La muerte no lograba encontrarlo y el señor Macleod siempre la esperaba. Ya tenía más de 400 años y no sentía temor al enfrentar a todo aquel que lo desafiara. Había batallado en distintas guerras y para distintos bandos, según sus creencias, según su justicia. Siempre ganó, quizás no así su ejercito, pero él jamás fue derrotado. La muerte aún lo buscaba y él, esperaba en la puerta. Sabía ser inmortal gracias a un mito enterrado. Cuanto más tiempo pasará, más seguro vivía.

Hasta que arqueólogos e investigadores llegaron a su tumba.

Allí estaba el secreto.

La muerte seguía su búsqueda, recorría las montañas donde Macleod habitaba. Ambos sintieron miedo.

Los arqueólogos encontraron en la antigua tumba vestiduras de color negro al estilo celta, una OZ entre ellas y  dentro de las vestiduras, un esqueleto. La imagen generó terror y las leyendas tomaron el control del pueblo. Sin embargo, la ciencia continúo implacable. Tomaron los restos y los sometieron a estudios en donde encontraron distintos tipos de suelo y ADN.

El señor Macleod sentía que las cosas no iban bien y la muerte había desaparecido del mundo, repentinamente la gente había dejado de morir. Llegó el invierno y mientras Macleod tomaba whisky en la fría noche, próximo a la estufa a leña. Tomo su capa como abrigo y salió. Vio que alguien se acercaba pero no traía su farol. Con sus manos dentro de las vestiduras celtas el antiguo Macleod tomó la OZ y se lanzó contra el extraño que parecía flotar en el aire.

La muerte y él volvieron a ser uno, mientras los antiguos restos desaparecían de las mesas de estudio.

Alejandro Barrios

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Sep 09
Esta nona si que aguanta

Esta nona si que aguanta

Días atras viví la experiencia tremenda de la reunión familiar a raíz del cumpleaños de mi abuela.  Todos quienes pasaron por la situación de “la reunión familiar” y se autodenominan “loquitos” sabén (pero se lo contamos a los lectores que no se definen de la forma anteriormente dicha), que no es nada sencillo. El momento en el que uno llega tarde, ya sea porque estaba desarrollando una actividad (teatro, canto, deporte, danza, murga, reunión de amigos, y un infinito etc.), o porque simplemente prefirió inventar una situación así para padecer durante menos tiempo el “buen trato familiar”.

Reconozco que solía disfrutar en mi infancia este tipo de reuniones, hasta que próximo a los 11 años noté que las cosas cambiaban cuando alguién se retiraba del evento. Autómaticamente todos los seres que continuaban presentes daban “palo y palo” al recien emigrado. Me molestaba la situación pero se hacía muy difícil manifestarse y más aún ser tenido en cuenta a tan corta edad. Decidí, en ese entonces, que era mejor callar. Tiempo después imaginé que lo mismo pasaba conmigo, es decir, si me voy antes todos esos palos caen sobre mi lomo. Esta idea ha generado un cambio sustancial en los ritmos del cumpleaños de mi abuela. No logré que los palos desaparezcan pero, llego cerca del final y me voy cuando todos deciden dormirse, sé que los palos los recibí antes, pero al menos tengo la pequeña posibilidad de revertir lo malo y no quedarme con una cruz que generalmente no me pertenece.

Alejandro Barrios

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Ago 27
Murga "Los Muchachos" en sus comienzos

Murga "Los Muchachos" en sus comienzos

La murga de “los muchachos” había salido en la década del 60. Grandes éxitos la acompañaron durante sus años mozos y decidieron retirarse con la gloria en sus manos. Algunos integrantes de los muchachos salieron luego en otros grupos pero pasaron sin pena ni gloria. La magia del grupo habitaba en una sola persona, lo conocían cómo Ernesto, pero le llamaban “El Diretor” Ernesto había estudiado música durante su adolescencia pero la poesía había llenado sus noches en boliches y cafetínes. Cuando él decidió no salir un carnaval, el resto del grupo prefirió quedarse abajo de las tablas. Pero Ernesto tenía otros planes, deseaba viajar a Argentina – A probar suerte – decía él. Al llegar a Buenos Aires no tenía rumbo alguno o destino marcado. Prefirió explorar la ciudad. Pasó la noche en una milonga, charlando con bailarinas y personas del lugar. Rápidamente se ganó el sobrenombre de “El Oriental” Esa noche Ernesto sentía que “El Diretor” había muerto. En Montevideo “Los Muchachos” esperaban noticias y se reunían todas las semanas en el bar de los ensayos. Aunque lo intentaron muchas veces, sus letras no recuperaron la magia que El Diretor era capaz de escribir sobre ellas, en tan solo una noche, y con un litro de whisky, escribía la mitad del espectáculo. Algunas cosas solo la pueden hacer los elegidos, sin dudas, Ernesto era uno de ellos.


Alejandro Barrios

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Ago 11

Aquí va el primer relato sobre las historias del “Capitán Pellejo”

Un día el capitán Pellejo se nos fue. Todos vamos a recordarlo como aquel que pagaba los asados, y lo que nunca podía faltar en ellos. La cerveza. Aunque no solo ésta se hacía presente en las comidas que pagaba Pellejo, digo pagaba ya que el organizador siempre fue “El Club”, y gracias a él también se podía disfrutar de grandes cantidades de vino. Al decir “vino” comenzamos a pensar en este relato, porque el que “no vino” ni el viernes, ni el lunes, ni el martes, fue el Capitán.

¿Que diría la tripulación del Perla Negra si Jack Sparrow no se encuentra entre sus hombres?

Seguramente no dirían nada y continuarían su viaje, pero acá, acá estamos entre hombres, no piratas.

Volviendo a lo importante de esta historia, lo último que se supo de Pellejo era que iba a meditar a algún lugar de Marindia. Circulan fotos en Internet que lo muestran tirado en una piscina con una picada flotante, pero todos sabemos que no se puede confiar en eso hoy en día ya que las situaciones que pueden crearse con el PhotoShop son exactamente iguales a la realidad.

Mi teoría personal: Pellejo se convirtió en algo más. Pellejo es una fuerza etérea que está presente entre nosotros aunque su cuerpo siga de joda.

Pellejo está y Pellejo es…La Fuerza.


Alejandro Barrios

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Ago 11

El capitán Pellejo no podía continuar así. Casi 2 meses habían pasado desde la última vez que supo algo de sus compañeros. Él solo había dicho que faltaría unos días, pero se le habían ido unos meses.

Muchos abandonaron la búsqueda argumentando que ya no había vida en Marindia dado que el Verano terminaba. Pero algunos, ¡esos mismos compañeros!, “algunos” continuaron la búsqueda desesperada, ya que nada les importo. Nada, excepto sus sueldos.

Para este entonces ya terminaba Marzo, las facturas se acumularon y hasta el día en que desconectaron la luz en la oficina todos continuaron trabajando. Y quien sabe que habría pasado si la policía no hubiese realizado el desalojo por la fuerza ya que Indiana no quería separarse tan brutalmente de su vieja PC.

Evidentemente la culpa era del joven administrativo, pero sin el Capitán, nadie tenía la capacidad de mover ese Timón. De todos modos, una vez más, fue objeto de golpes, críticas e insultos. ¡¡Pobrecito!!

Aún con las llamadas llorando al Banco para sacar el dinero, la denuncia por la desaparición y las mil historias que se tejieron en el barrio. El Capitán Pellejo seguía sin dar señales de vida.

Algunos comentaron que lo vieron en la puerta de un Shopping, convertido en un Flogger, otros dijeron que se habia convertido en Emo luego de ver a “Asaltantes con Patente ´09″.

El grupo que creamos en Facebook llamado “¿Dónde está Pelle?”, en honor a nuestro amigo “Wally” nos hacía llegar fotos del Capitán en cualquier lugar del mundo, pero la verdad, no las veíamos a menos que dijera palabras clave como: “borracho”, “drogado”, o “fiesta hippie” Pensando en esto ahora, quizás eso retraso nuestro encuentro.


Alejandro Barrios

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Abr 25

Momo ha sido homenajeado desde siempre. Cuando de borracheras y sexo se trata, el Ser Humano siempre está a la
orden del día.

Al igual que a los hombres, todo hijo quiere parecerse a su padre, para bien o para mal todos pasamos por algo así; al menos una vez, solo que en este caso hablamos de nada más y nada menos que de un Dios.

Momocho desea ser grandioso y eterno como su padre, pero, no puede evitar fracasar, su madre, Lesbos le ha dado una habilidad increible, la de cometer errores, parece broma pero perfectamente podría ser el Dios de Murphy (por la Ley de Murphy ¿no?)

Pero Momocho supo donde ubicarse gracias a un sabio consejo de su padre. – Hijo, si quieres disfrutar de lo que yo, pero no puedes negar el don de tu madre, debes ir hacia los lugares donde los errores siempre se hacen presentes también. Ve hacia los talleres de Murga!!


Alejandro Barrios

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